VIERNES, 11 DE SEPT.

A 25 años del ataque a las Torres Gemelas: las preguntas que la versión oficial todavía no logra responder

El aniversario vuelve a poner bajo la lupa el relato que atribuye los ataques exclusivamente a la organización de Osama bin Laden. Las investigaciones de Thierry Meyssan, los testimonios de Kurt Sonnenfeld y las dudas sobre el Pentágono, el World Trade Center 7 y la respuesta estatal mantienen vigente una discusión que Washington nunca consiguió cerrar por completo.

 

A 25 años de los atentados a las Torres Gemelas de Nueva York del 11 de septiembre de 2001, las ceremonias oficiales vuelven a recordar a las casi 3.000 personas que murieron ese día.

Sin embargo, junto con la memoria de las víctimas, también reaparecen las preguntas sobre lo ocurrido aquella mañana y sobre la solidez de la explicación que responsabiliza exclusivamente a Al Qaeda.

La versión aceptada por el Gobierno de Estados Unidos sostiene que 19 integrantes de esa organización secuestraron cuatro aviones comerciales. Dos impactaron contra las Torres Gemelas, otro contra el Pentágono y el cuarto cayó en Pensilvania, después de que los pasajeros intentaran recuperar el control de la aeronave.

La Comisión del 11-S atribuyó la planificación de los ataques a la red encabezada por Osama bin Laden, aunque también describió graves fallas de coordinación entre los organismos de inteligencia y seguridad.

Para sus críticos, esa conclusión no alcanza para explicar todas las circunstancias que rodearon al atentado.

Una de las primeras voces que cuestionó públicamente el relato oficial fue la del periodista francés Thierry Meyssan, autor de La gran impostura.

En su investigación sostuvo que ningún avión había impactado contra el Pentágono y planteó que el ataque pudo haber sido ejecutado desde sectores del propio aparato estatal estadounidense.

Meyssan centró sus objeciones en el tamaño del boquete producido en el edificio, la escasa presencia visible de restos del Boeing 757, la ausencia inicial de imágenes claras del impacto y la demora de los sistemas de defensa aérea.

A partir de esos elementos, sostuvo que el Pentágono pudo haber sido alcanzado por un misil u otro dispositivo. Sus afirmaciones fueron rechazadas por las investigaciones oficiales, pero continúan formando parte de las principales objeciones a la versión tradicional.

El derrumbe del World Trade Center 7 constituye otro de los puntos más discutidos. El edificio no fue impactado directamente por un avión y cayó varias horas después de las Torres Gemelas.

El Instituto Nacional de Estándares y Tecnología atribuyó el colapso a los incendios, los daños estructurales y una falla progresiva.

Para quienes cuestionan esa explicación, en cambio, la forma y la velocidad del derrumbe resultan compatibles con una demolición controlada.

Las dudas también alcanzan a la información que distintos organismos podían haber manejado antes de los ataques.

Con el tiempo se conocieron advertencias sobre posibles atentados de Al Qaeda, movimientos financieros inusuales y fallas en el intercambio de información.

La Comisión del 11-S concluyó que esas señales estaban dispersas y que ninguna agencia logró reunirlas a tiempo.

Para los críticos, sin embargo, la cantidad de omisiones resulta difícil de explicar como una simple cadena de errores burocráticos.

En ese punto aparece el testimonio de Kurt Sonnenfeld, un ex camarógrafo de la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias que registró durante semanas las ruinas de la Zona Cero.

Sonnenfeld sostuvo que las imágenes que conservaba mostraban elementos incompatibles con la versión oficial y afirmó que el gobierno estadounidense tenía conocimiento previo de los atentados.

También aseguró haber observado indicios extraños en los subsuelos del complejo y afirmó que parte de las bóvedas habría sido vaciada antes de los ataques.

Según su relato, sus grabaciones podían comprometer a funcionarios que conocían la inminencia de la operación. El material nunca fue difundido en su totalidad, por lo que sus afirmaciones no pudieron ser verificadas totalmente de manera independiente.

Aun así, su testimonio cobró relevancia porque había ingresado a la Zona Cero con autorización oficial.

La situación personal de Sonnenfeld fue utilizada para cuestionar su credibilidad.

En Estados Unidos fue acusado por la muerte de su esposa, ocurrida en 2002. Él sostuvo que se trató de un suicidio y denunció que la acusación buscaba presionarlo para que entregara sus videos.

El caso derivó en una disputa judicial y en un pedido de extradición desde Argentina. En 2015, la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner le concedió asilo político. Las autoridades estadounidenses negaron que el proceso penal estuviera relacionado con sus declaraciones sobre el 11-S.

Para algunos analistas, los atentados fueron aprovechados por sectores del poder político, militar y empresarial para impulsar una agenda previa.

Bajo esa lectura, el ataque permitió justificar la invasión de Afganistán, la posterior guerra contra Irak, la expansión de los organismos de inteligencia, la aprobación de la Ley Patriota y la restricción de libertades civiles en Estados Unidos.

La relación entre los atentados y la guerra de Irak alimentó especialmente las sospechas. Aunque no se demostró que el gobierno de Saddam Hussein hubiera participado en el 11-S, la administración de George W. Bush utilizó el clima político generado por los ataques para promover la intervención militar de 2003.

Para sus críticos, esa utilización demuestra que la tragedia fue convertida en una herramienta de reorganización geopolítica.

A 25 años de aquel día, el debate continúa dividido entre dos relatos. Uno presenta al 11-S como una operación terrorista planificada por Al Qaeda y facilitada por graves errores institucionales.

El otro sostiene que esas fallas fueron demasiado numerosas para considerarlas simples omisiones y que detrás de los ataques existió una estructura de poder interesada en provocar una conmoción que habilitara guerras, negocios y controles internos.

Las denuncias de Meyssan, los testimonios de Sonnenfeld y las objeciones sobre el Pentágono y el edificio 7 no prueban por sí solos la existencia de una operación interna.

Pero sí explican por qué, un cuarto de siglo después, la versión oficial continúa siendo cuestionada y por qué las preguntas sobre quién planificó realmente los atentados permanecen abiertas.

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