Encontró los restos de su hermano desaparecido después de 49 años: “Se trae al presente una historia que quieren negar”
Mario Alberto Nívoli fue secuestrado por la dictadura cívico militar en febrero de 1977, cuando tenía 28 años, y estuvo desaparecido por casi medio siglo: el pasado 10 de marzo se identificaron sus restos en el predio de La Perla, el centro clandestino de detención que funcionó en Córdoba. Su hermana, Graciela, contó a Conclusión parte de su historia.
- Ciudad
- Por Elisa Soldano
- Mar 24, 2026
Dos semanas antes del 24 de marzo la familia Nívoli recibió un llamado que esperó por casi cincuenta años: desde el otro lado del teléfono les avisaron que identificaron los restos de Mario, secuestrado y desaparecido por la dictadura cívico militar el 14 de febrero de 1977. El hallazgo se produjo en las excavaciones que el Equipo de Antropología Forense realizó en el predio donde funcionó el centro clandestino de detención y tortura “La Perla”, ubicado a pocos kilómetros de la ciudad de Córdoba y regenteado por el genocida Luciano Benjamín Menéndez. “Ya no es más un desaparecido, ahora podemos decir que se cometió un asesinato”, dijo a Conclusión Graciela, su hermana.
Mario Alberto Nívoli era ingeniero químico y en su paso por la Universidad Nacional del Litoral (UNL) militó en la Juventud Universitaria Peronista (JUP). En 1975 la Alianza Anticomunista Argentina (AAA) colocó una bomba en la vivienda que el joven tenía en la ciudad de Santa Fe. Ante este hecho, se fue a vivir a la provincia de Entre Ríos y, un par de años más tarde, desembarcó en Córdoba –donde residían sus padres– con su esposa y a sus dos hijos: Mariano y Soledad. A mediados de febrero de 1977 –cuando los niños tenían un año y medio y cuatro meses, respectivamente– lo secuestraron y, hasta el martes 10 de marzo, estuvo desaparecido.
“Este hallazgo nos viene a traer noticias en un momento en el cual quieren borrar la historia. Este encuentro viene a decirnos que por más que pase el tiempo van a seguir recibiendo noticias de esa época de terror que nos tocó vivir, y eso es muy importante”, dijo Graciela, quien forma parte de la comisión de cultura de Madres de Plaza 25 de Mayo.
“Cuando quieren instalar que nada pasó, aparecen estos restos para decir acá estamos, en este lugar estuvimos secuestrados. Trae al presente esa historia que quieren negar y ocultar, ese es el valor que tiene este hallazgo”, expresó Graciela.
–¿Cómo te enteraste de que encontraron a tu hermano?
–Fue impactante. Hace 49 años que lo buscamos, pasó tanto tiempo que una ya no tenía esperanzas de que haya alguna novedad. Sabíamos que Mario había estado en La Perla y que habían encontrado restos, pero por ese centro clandestino de detención supuestamente pasaron 2.500 personas. Un día antes de enterarnos, me encontré con mi sobrina Soledad en la marcha por el Día de la Mujer y hablamos sobre las posibilidades de encontrarlo, pero el tema era no hacerse ilusiones. Sin embargo, el martes 10 de marzo, al mediodía, me dio la noticia. En un primer momento fue un sacudón a nivel físico, un revivir todo y pensar en el dolor que él tuvo que pasar. Pero a medida que transcurrieron los días, que lo fuimos hablando, que recibimos mensajes y abrazos que nos contenían y ayudaban, empezamos a sentir paz y esperanza de que se sigan encontrando compañeros desaparecidos.
–¿Cómo era Mario?
–Muy inteligente, siempre era primer alumno o abanderado. También era tímido, de cierta manera. Le gustaba mucho leer, pasaba horas leyendo. Todos se reían porque se abstraía del mundo. En el secundario no estuvo cerca de ninguna idea política, fue tranquilo. Nosotros nacimos en un pueblo cordobés llamado Ucacha, y después nos mudamos a Las Perdices. A Mario también le gustaba la música y la fotografía, le dedicaba mucho tiempo a lo que le interesaba, era muy determinado, cuando quería algo iba tras ello y lo conseguía. Después cuando tuvo que elegir una carrera, como mi hermano mayor ya estaba en Santa Fe estudiando Ingeniería Química, él quiso seguir lo mismo. Ahí entró en la JUP y militó en la universidad, se recibió de ingeniero químico y fue profesor en la UNL.
–¿Vos estudiaste con ellos?
–Mi mamá dijo que tenía que ir a donde estaban mis hermanos mayores, para que me cuiden. Yo era la más chica, a mi me interesaba el deporte, pero en ese momento educación física no era una carrera. Como me gustaba la física, la química y la matemática, estudié bioquímica. Hice dos años y medio en Santa Fe y después la terminé en Rosario.
–¿Recordás cómo fue el secuestro de tu hermano?
–Lo secuestran en Córdoba, yo no estuve presente. En 1975, cuando todavía estaba en Santa Fe, la Triple A le puso una bomba. Ante esta situación, se fue a trabajar en la represa de Salto Grande, en Entre Ríos. Ahí estuvo un tiempo y después se fue a la ciudad de Córdoba, a un departamento que estaba al lado de donde vivían mis padres. Lo secuestraron el 14 de febrero de 1977, cuando volvió de unas vacaciones en Carlos Paz, estaban sus suegros, su esposa y sus dos hijos. Las fuerzas conjuntas rodearon toda la manzana, primero fueron a la casa de mis padres y después se lo llevan a mi hermano. Frente a eso, al día siguiente mi papá, mi mamá y mi cuñada salieron a buscarlo por todos lados, pero no tuvieron ninguna respuesta. No solo eso, sino que a la esposa la amenazaron y le dijeron que se tenía que encargar de criar a sus hijos.
–¿Cómo fueron para la familia los meses que siguieron?
–De mucho miedo. Mi cuñada era oriunda de Santa Fe y decidió volver allí con sus dos hijos. Mi otro hermano era preso político –fue detenido en 1975 y liberado en 1984– entonces mi mamá se repartía entre buscar a Mario, que estaba desaparecido, e ir a visitarlo. Mi esposo y yo nos vamos del país, porque un grupo operativo había ido a buscarnos a la casa de mis suegros. Nos fuimos a San Pablo, a Brasil. Ahí vivíamos en un barrio donde había comparsas, y un día escuché sonido de carnaval, salí corriendo a ver qué pasaba y en frente de mi casa vi a un compañero de trabajo de Rosario que era de la Federal. Eso nos alertó y a partir de ahí nos exiliamos a Suecia. En marzo de 1984, ya en democracia, volvimos a Argentina.
–¿Cómo viviste la situación de tus hermanos desde el exilio?
–Lo vivimos de lejos, las comunicaciones eran telefónicas o por carta, que demoraban. El exilio es muy difícil, teníamos la cabeza puesta acá y nunca pudimos adaptarnos, extrañábamos muchísimo. Me mortificaba el hecho de que mis padres estén solos para buscar a un hijo y para acompañar al otro, que lo trasladaban seguido, mi mamá tenía que hacer viajes hasta las cárceles de Rawson o Caseros.
–¿Qué te contaban tus padres?
–Por suerte no sufrieron amenazas. Mi mamá se acercó a las Madres de Córdoba, que la orientaban sobre qué podía hacer y la acompañaban, porque el miedo estaba presente en todo momento.
–¿Cómo llegó el dato de que Mario pudo haber estado en La Perla?
–Cuando salen los seis sobrevivientes, uno de ellos va a Suecia. Yo, ya en Argentina, le pedí a un compañero que estaba viviendo allá si podía preguntarle por mi hermano. Entonces, este hombre le escribió una carta a mi mamá donde le dijo que Mario solo había estado tres días en La Perla y luego había sido trasladado. Mi mamá, de rabia y angustia, rompió esa carta, que hubiera sido un testimonio importante. Sabíamos que había estado en La Perla, pero no por mucho tiempo. Al principio, cuando se hablaba de traslado, uno pensaba que lo llevan a otro lugar, pero para esa altura ya sabíamos que traslado significaba muerte. Por lo menos nos quedaba el consuelo de que no había sufrido tanto tiempo, lo que no sabíamos era qué había pasado con su cadáver, dónde estaba. Con la identificación de sus restos ya no es más un desaparecido que no está ni vivo ni muerto, sino que ahora podemos hablar de que se cometió un crimen, un asesinato.
–El lunes 16 de marzo viajaron a Córdoba para reunirse con autoridades judiciales. ¿Hubo alguna novedad?
–En el Juzgado nos explicaron que por el momento no hay restos óseos, son piezas muy pequeñas. Nos dijeron que posiblemente no podamos traer parte de su cuerpo, pero nos ofrecieron ir al lugar donde está trabajando el Equipo de Antropología Forense a recoger algo de tierra de la fosa donde él estuvo, como para simbólicamente traer algo. La idea que charlamos con Soledad es hacerle un homenaje a Mario para recibirlo de vuelta en la familia y para compartirlo también con muchas personas que nos han brindado solidaridad y con la gente de Derechos Humanos.
–¿Cómo recibieron la noticia tus sobrinos?
–Mario tuvo dos hijos. Mariano es médico, vive en Paraguay y tiene la personalidad del padre, es tranquilo. Participó de la audiencia con el juez por Zoom, porque no pudo venir. Y Soledad, que es quien me dio la noticia con un llanto desgarrador. Cuando le contó a Emiliano, su hijo de ocho años, que habían encontrado al abuelo, él dijo “los huesitos”… era lo que estaba esperando y lo ha tomado con naturalidad. Esto va a ser sanador para nosotros.
–Para los nietos de Mario es como cerrar una historia…
–Emiliano estuvo siempre al tanto de todo lo que sucedía. Mi sobrina Soledad hizo una muestra en el Centro Cultural de las Madres de Plaza 25 de Mayo (ubicado en Corrientes al 987) que se llamaba “Qué miran tus ojos”, y cuando hicimos el acto de inauguración yo la presenté como hija de Mario, a mí como la hermana, y él intervino diciendo “y yo el nieto”. Mario es un abuelo ausente para él, del cual hubo que hablarle mucho, encima no hay muchas fotos porque se han llevado el álbum, pero como está presente en nosotros, de alguna forma se lo transmitimos.
–¿Están en contacto con otros familiares de desaparecidos en La Perla?
–Mi sobrina es querellante y está en contacto con algunos familiares. En Rosario vive Elena Bustillo, que es hija de otro de los doce identificados en La Perla (Ramiro Sergio Bustillo). Yo la tenía de vista, pero la conocí el jueves 12 de marzo, dos días después de haberme enterado lo de Mario, cuando fui a la ronda en la Plaza 25 de Mayo. Fue una emoción tremenda, no sabía su historia.
–¿Este hallazgo cambia algo en el orden judicial?
–Yo pienso que sí. Cuando estábamos en el Juzgado le dije al secretario que esto cambia, porque antes no había pruebas, pero ahora sí está evidenciado el asesinato. Él me hizo un gesto como asintiendo. No conozco de leyes, pero evidentemente es otra carátula.
–Varios genocidas que intervinieron en La Perla fueron condenados a perpetua. ¿Sentís que hubo justicia?
–Para mí no alcanza. Fueron condenados, pero no hay justicia. Además, fueron condenados unos pocos y esto fue un golpe cívico militar.
–¿Cómo te preparás para este 24 de marzo?
–Va a ser un 24 diferente. Mirá lo que me pasó… Hace unos días, sabiendo que a mi hermano lo habían identificado, recibí un mensaje de Madres o Abuelas que invitaban a ponerse una foto con la pregunta “¿Dónde están?”. Tras leerlo, lo primero que pensé fue que tenía una foto, y después recién me dije que mi hermano no está más desaparecido, ya no tengo que llevar su imagen. Pero seguimos marchando porque todavía falta que aparezcan muchísimos compañeros y los nenes apropiados, hay mucho por hacer.
–¿Hay algún mensaje que te gustaría agregar a 50 años del golpe militar?
–Sí. Quiero invitar a todas las personas que tengan algún familiar desaparecido a que denuncien y den una muestra de sangre, con eso vamos a poder identificar más rápidamente cuando vayan apareciendo restos.



