DOMINGO, 19 DE JUL.
Entrevista

La Maravillosa Calle Bolton: una empresa santafesina que fabrica cajitas musicales y se sumerge en el universo de María Elena Walsh

“Porque el idioma de infancia es un secreto entre los dos”, cantó María Elena hace algunas décadas. Fue esta complicidad la que impulsó a Germán Bertinat a llevar la lengua a un nuevo formato: la cajita musical, un producto que trasciende generaciones, emociona a toda la familia y propone una alternativa para jugar sin pantallas.

 

Hace más de diez años Germán Bertinat afrontaba una crisis vocacional: tenía un trabajo para el que había estudiado y se desenvolvía con comodidad, pero algo le faltaba. Fue entonces cuando la música de su infancia lo inspiró a lanzar “La Maravillosa Calle Bolton”, un emprendimiento que fabrica, de forma casi artesanal, cajitas de música. El producto –que está pensado para las infancias pero seduce a más de un adulto– cuenta con figuras de madera cuidadosamente diseñadas, que se mueven al son de las melodías a través de un mecanismo a cuerda.

Si bien hay algunas canciones universales como “El soldadito de plomo” o “Pulgarcita”, la empresa trabaja de forma especial con la obra de María Elena Walsh y ofrece una colección de cajitas con “La reina batata”, “Canción de tomar el té” y “Manuelita la tortuga”. Para hacer las ilustraciones de cada uno de estos productos se convoca a diferentes diseñadores argentinos y luego un equipo conformado por tres personas se encarga del montaje.

“La Maravillosa Calle Bolton” fue un proyecto que empezó a pensarse en 2013 y, luego de tres años de pruebas y ajustes, en 2016 comenzó a vender las cajitas. Detrás del emprendimiento hay tres personas: Germán Bertinat, que vive en Rosario; Walter Gonsolin, que es de Carcarañá; y Juan Manuel Giacomino, que reside en San Carlos. Cada uno de ellos trabaja desde su taller –ubicados en sus respectivas localidades– por lo que el resultado es un producto con ADN cien por ciento santafesino.

“Creo que es un producto que gusta mucho a los chicos, pero también es algo que eligen los padres con la certeza de que se va a disfrutar dentro de la familia, entre todas las generaciones. Los niños se dan cuenta de que los adultos saben utilizar el objeto y que los emociona y les gusta, y que a su vez lo cuidan”, dijo a Conclusión Bertinat, en una entrevista en donde comentó cómo es el proceso productivo y ahondó en la carga emocional de su trabajo.

Germán Bertinat en plena fabricación.

—Las cajitas de música tienen todo un trabajo artístico y artesanal. ¿Alguna vez te desempeñaste en estos rubros?

—No. Estudié relaciones laborales, trabajé en la Municipalidad, en una multinacional, en el área de Recursos Humanos, después probé suerte en ONG’s y trabajé muchos años en Federaciones Gremiales, era un trabajo que me gustaba, me sentía cómodo, estaba preparado para hacerlo y me desenvolvía bien, pero había una inquietud o insatisfacción que fue generando una crisis importante. Sabía muy bien que no se iba a resolver con un hobbie y tenía que seguir explorando a qué dedicarme, esa era una pregunta que me perseguía. Una serie de casualidades me hicieron dar cuenta del gusto que tenía por el diseño, lo estético y la creación, y sobre todo me percaté de que me iba a sentir más a gusto en un emprendimiento propio que trabajando en relación de dependencia. Así le fui dando forma a este proyecto y todo fue autodidacta. Armé un buen equipo e hice muchas consultas, también me choqué con trescientas millones de paredes, pero siempre me rearmé.

—¿Cómo es el proceso de producción de las cajitas?

—Es un trabajo de equipo, no es algo que se pueda hacer solo. El proceso más largo es el desarrollo de una nueva cajita de música. El primer paso es adaptar la melodía al mecanismo a cuerda, en esto nos ayuda un pianista. Adaptamos la canción a todos los requisitos técnicos, como la duración, la cantidad de notas, que no se pueden repetir porque hace un chillido. Además, la mayoría de nuestros interlocutores no hablan español. Después elegimos un artista y empezamos a trabajar conjuntamente el desarrollo de la ilustración y el movimiento de relojería que va a tener cuando le demos cuerda. Todo el proceso nos lleva un año o un año y medio.

—¿La producción es en serie?

—Sí, y no hacemos trabajos personalizados. Tenemos un costo absurdo de logística entre Rosario, San Carlos y Carcarañá, pero trabajamos los tres coordinados. Walter Gonsolin, Juan Manuel Giacomino y yo somos el equipo permanente, después hay una serie de proveedores o aliados satelitales. En un momento, cuando comenzamos a producir en un volumen interesante, consideramos la posibilidad de buscar un espacio compartido, pero nadie quería abandonar su casa, así que optamos por desarrollar y acondicionar las tres sedes.

El equipo de «La Maravillosa Calle Bolton». De izquierda a derecha: Germán Bertinat, Juan Manuel Giacomino y Walter Gonsolin.

—¿Las cajitas son para las infancias o también captan la atención de los adultos?

—Es un producto vinculado a la infancia, a la literatura, a la música. Pero la obra de María Elena Walsh también convoca a adultos de muchísimas generaciones, que se vinculan con su propia infancia o están criando niños y revisitan la obra de esta gran artista. Las cajitas gustan mucho a los chicos por las melodías, ilustraciones y movimiento, pero también tengo la sensación de que es un regalo que se hacen entre adultos, con la certeza de que el objeto se va a disfrutar dentro de la familia, entre todas las generaciones.

—Hoy en día pocos juguetes pueden transmitirse generacionalmente.

—Sí, por ahí se da más en juegos simbólicos, como el tejo o el elástico. También, con este avance de la tecnología, quedaron un poco lejos los juguetes, así que para mí es una alegría que este producto tan analógico funcione y le guste tanto a las infancias actuales.

—En este mundo de tanta pantalla, ¿qué valor le das a la cajita?

—Cuando recibimos las compras en la tienda online a veces presto atención a los DNI de los padres y veo que son más chicos que yo. Pienso cuánto tiempo más va a durar esto, cuántas generaciones más van a tener esta conexión con la cajita de música. Quiero que los materiales sean lo más genuino posible a ese recuerdo de infancia, por eso las piezas son de madera, el mecanismo es a cuerda y no tienen luces. También es emocionante y conmovedor que sea compartido entre dos o tres generaciones de una familia.

—Si bien predominan las melodías de María Elena, ¿tienen pensado abrir el abanico?

—Lo que pasa con María Elena es que nadie tiene ganas de soltarla, pero tenemos en mente hacer una colección más universal. Si bien el contexto actual no es muy prometedor en cuanto a las exportaciones, es algo que nos gustaría tener dentro de nuestro abanico. Así que nos parece sensato tener una colección que sea más atractiva para comercializar en el exterior. Quiero que todo se vea argentino, pero también tenemos que encontrar la manera de que otras culturas puedan apropiarse del producto.

—¿Qué más hacen aparte de las cajitas?

—Tenemos una colección de cuatro animalitos torneados en madera con imanes, que se van armando con diferentes piezas. Es un juego muy sencillo. En la página también van a encontrar algunos libros con canciones de María Elena, esos son de la editorial argentina Penguin, que reeditó las ediciones originales de los años 60’s, con las mismas ilustraciones.

—¿Dónde se compran sus productos?

—Contamos únicamente con una tienda online. Si son de Rosario lo pueden retirar en nuestro taller, que está en barrio Martin. También hacemos envíos a todo el país y a todo el mundo. Nos pasa mucho que es un regalo de argentinos expatriados, como una abuela que le compra la cajita al nieto que vive en Suiza.

—¿Hasta dónde llegan sus productos? ¿Hubo algún destino que te llamó la atención?

—A un montón de lugares, sobre todo donde hay argentinos. Nos han contado que llevaron cajitas y animalitos de madera a Finlandia, Suecia, Japón, Corea del Sur, Estados Unidos, Bermudas, Australia y algunos pueblitos de Francia, entre otros destinos. En el lugar que más me gusta estar es en Covent Garden de Londres, donde hay una juguetería de teatro de papel (llamada Benjamin Pollock’s) que tiene las cajitas.

—El empaquetado dice que las cajitas están “cuidadosamente hechas en Argentina”. ¿Qué importancia le das a la industria nacional?

—Tenemos muy internalizado el valor de la industria nacional, el ser cuidadoso con lo que compramos y elegimos. Todos los proveedores son de Santa Fe, eso es una decisión, aunque hay determinadas piezas que tenemos que importar porque no se fabrican en Argentina, como los mecanismos a cuerda. En la provincia tenemos unas imprentas de primerísimo nivel.

—¿Le das un valor especial a las cajitas que son para regalar?

—Disfruto mucho que alguien piense en el vínculo que lo une con la persona que quiere agasajar y que elija un producto que los conecte. En la tienda online hay una opción para especificar si es un regalo y agregarle dedicatorias. Ahí sí añadimos más postales, que van perfumadas con una fragancia a cookies y vainilla para que la experiencia sea lo más sensorial posible.

—¿Por qué se llama la Maravillosa Calle Bolton?

—En plena crisis vocacional viajé a Londres y me instalé con un amigo que vivía en la calle Bolton. Cuando volví y tomé coraje para renunciar y empezar a armar el proyecto, me vine con varias cajitas de música y teatritos de papel para regalarle a mis sobrinas. Ese viaje tuvo que ver con mi decisión de fabricar este producto. En homenaje a la calle, decidimos que el logo, que fue lo último que hicimos, sea la figura de una casita con estilo georgiano. Después le sumé el maravilloso para darle un poco de pompa, pensando en Alicia (en el país de las maravillas).

¿Pueden vivir de esto o tienen otros trabajos en paralelo?

—Yo vivo de esto, por suerte. Los otros integrantes del equipo son muy buenos haciendo otras cosas, por ejemplo, uno restaura los cuadros del museo Castagnino. Walter maneja todas las escalas, en Bolton ensambla las cajitas y se encarga de la relojería, y después construye las escenografías para la ópera del teatro El Círculo. Tienen otros trabajos que son muy pintorescos, pero de todos modos esta es su principal fuente laboral.

—¿Cómo es tu relación con María Elena Walsh?

—Como la gran mayoría de los argentinos, crecí escuchando sus canciones, y no solo de sus discos, sino también de mis abuelas, de mi madre, de mis maestras, personas muy importantes en tu vida, lo que no es menor y hace que esté muy arraigado a lo emocional. Cuando pensaba el producto buscaba a alguien que me emocione, y la obra de ella me pareció completísima por su trabajo con las infancias y adultos, por su compromiso con la política, por sus convicciones, que no soltó nunca, y porque, si bien no es un aspecto de su vida que haya compartido públicamente, quedó muy claro que era homosexual y que Sara Facio era su mujer. Siendo yo gay, eso me conectó muchísimo más. Me completaba de muchos lados, es una artista de la cual te seguís enamorando.

—¿Qué representa la cajita de música para vos?

—Es el objeto que me da felicidad. Me encanta que sea mi trabajo y sintetiza la construcción de una profesión, de un proyecto propio, que padecí mucho cuando no lo tenía. No flasheo legados, pero me emociona y me gusta esta idea de que los objetos perduren. También me entusiasma mucho la posibilidad de exportar la cultura argentina, ya sea con María Elena o con la obra de otros artistas.

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