SáBADO, 18 DE JUL.

El virtuosismo industrialista de Brasil: un espejo donde mirarse

«La escena de Lula y Paolo Rocca en Río de Janeiro ilustra un principio simple pero decisivo: no hay desarrollo sin industria, ni industria sin educación técnica».

Hay gestos que valen más que mil páginas de programa de gobierno. El 6 de marzo de 2026, en Santa Cruz, al oeste de Río de Janeriro, el presidente de Brasil y el máximo directivo del grupo industrial privado más influyente de la Argentina protagonizaron uno de esos gestos. Luiz Inácio Lula da Silva y Paolo Rocca inauguraron juntos la Escuela Técnica Roberto Rocca, un centro de formación profesional construido por Ternium a pocos minutos de caminata de su planta siderúrgica, donde trabajan ocho mil personas produciendo acero para el mercado global. Al cortar la cinta, los dos hombres se estrecharon la mano y se abrazaron. Lula transmitió el acto en vivo.

No fue un protocolo. Fue una declaración de modelo. La escuela es la tercera de su tipo en el mundo: las otras dos funcionan en Campana y en Nuevo León, México. Ternium emplea en Brasil a más de dieciocho mil quinientas personas en total. No es una inversión marginal: es uno de los compromisos industriales privados más sólidos que cualquier país latinoamericano puede exhibir. Y sin embargo, el Estado brasileño trabajó activamente para profundizarla. Según fuentes del gobierno de Planalto, los dos protagonistas del encuentro no se conocían previamente; fue el alcalde de Río de Janeiro, Eduardo Paes, quien construyó el puente, con el apoyo del vicepresidente Geraldo Alckmin y de la ministra de Planificación Simone Tebet. El Estado brasileño no esperó que la inversión llegara sola: fue a buscarla.

Durante el acto, Rocca explicó que la apuesta por la formación técnica no es un gesto filantrópico sino una convicción estratégica: su empresa invierte en educar porque entiende que la industria cumple un papel central en el desarrollo económico y social de las comunidades donde opera. Lula, por su parte, subrayó que la educación técnica abre puertas que de otro modo permanecen cerradas, y que fortalecer esas capacidades es fortalecer al propio país. Estado, industria y educación, alineados en un mismo acto. Eso es política de desarrollo en estado puro.

Paolo Rocca

La escena tiene, además, una carga política regional que no puede ignorarse. Ocurrió en la semana más tensa del enfrentamiento público entre el gobierno de Javier Milei y los industriales argentinos. El mismo empresario que en Buenos Aires era blanco de las burlas presidenciales era recibido en Río de Janeiro con los honores que se le dispensan a un aliado estratégico. El contraste geográfico entre las dos capitales condensa, en imágenes simultáneas, todo lo que separa a un modelo que construye de uno que destruye.

El país que nunca olvidó que fabricar es gobernar

Brasil no es un país sin fisuras. Carga con desigualdades profundas, con una historia de inestabilidad institucional y con problemas estructurales que ninguna fotografía favorable puede tapar. Pero tiene algo que Argentina fue dilapidando durante décadas como quien desparrama monedas de oro sin darse cuenta: la convicción compartida, que atraviesa gobiernos de signo opuesto, de que un país de ese tamaño y esa potencia no puede contentarse con vender lo que la naturaleza le dio. Fabricar, procesar, exportar con valor agregado no es una opción ideológica en Brasil: es el axioma fundacional sobre el que se construyen todos los gobiernos, de derecha o de izquierda, desde hace generaciones.

La gestión actual profundizó ese legado con una arquitectura de política industrial de largo alcance. El plan Nueva Industria Brasil, puesto en marcha en 2024, es el programa de reindustrialización más ambicioso que el país ha encarado en décadas: apunta a modernizar el tejido productivo nacional en los ejes de automatización, biotecnología, transición energética e industrias estratégicas, con financiamiento público activo y metas sectoriales precisas. Complementariamente, el Plan de Aceleración del Crecimiento relanzado por la misma administración proyecta inversiones que superan los trescientos cuarenta mil millones de dólares en infraestructura logística, energía, saneamiento y conectividad: la plataforma material sobre la que la competitividad industrial se sostiene. A eso se suma una matriz eléctrica donde ocho de cada diez megavatios ya provienen de fuentes renovables, con la meta de llegar al noventa por ciento antes de que termine la década. La energía barata y limpia es un subsidio implícito a toda la industria nacional que ningún arancel puede reemplazar.

El resultado de ese rumbo sostenido se traduce en proyecciones que deberían sacudir la modorra argentina. Consultoras de primer nivel global como PwC y Standard Chartered proyectan que Brasil se ubicará entre las ocho mayores economías del planeta en términos de paridad de poder adquisitivo hacia el año 2030, con un producto que rondará los cuatro mil cuatrocientos mil millones de dólares. México, que capitalizó el fenómeno del traslado de inversiones industriales desde Asia hacia América del Norte —el llamado nearshoring—, se perfila como la novena economía mundial en ese mismo horizonte temporal. Ninguno de esos ascensos es accidental. Son la cosecha de décadas de siembra estratégica.

Luiz Inácio Lula da Silva

El fenómeno no es exclusivo de la región. El mundo desarrollado también está apostando a fondo por la industria: Estados Unidos impulsó un paquete de inversión en reindustrialización verde que supera los trescientos sesenta mil millones de dólares, Alemania subsidia activamente su transición energética industrial, Francia protege sus sectores manufactureros estratégicos, Japón y Corea compiten por liderar la cadena global del acero verde y los semiconductores. El libre mercado absoluto es un dogma que los países ricos le recetan a otros, pero que jamás se aplican a sí mismos. La lesión de fondo es simple: nadie en el mundo desarrollado está dejando que “el mercado” decida si tiene o no industria.

El mundo no debate si tener industria. Debate cómo tener más, más sofisticada y más propia. Argentina, mientras tanto, debate si la industria merece existir.

El industricidio: lo que Argentina destruye mientras el mundo construye

Aquí viene el momento incómodo. El momento en que el espejo brasileño nos devuelve la imagen que no queremos ver pero que necesitamos mirar con honestidad.

La misma semana en que el presidente de Brasil abrazaba a uno de los empresarios industriales más importantes de la región al pie de una escuela técnica, el presidente argentino lo ridiculizaba desde el estrado del Congreso Nacional con apodos despectivos ante el pleno de la representación popular. No es un intercambio anecdótico de temperamentos. Es la filosofía económica de un gobierno condensada en un gesto: el Estado argentino trata a su propio sector industrial como un adversario que debe ser doblegado, no como un recurso estratégico que debe ser potenciado.

La hostilidad tiene historia y tiene cuerpo doctrinario. Nació en una disputa puntual por una licitación de insumos para infraestructura energética, pero se convirtió rápidamente en cruzada ideológica contra la industria nacional como categoría. El titular del grupo Techint fue acusado de buscar negocios favorecidos por el poder público y se insinuaron augurios sobre el futuro de su empresa que ningún jefe de Estado responsable debería pronunciar respecto de un empleador de decenas de miles de trabajadores. La relación del gobierno con su par brasileño sigue la misma lógica de confrontación: Milei fue el único mandatario presente en la firma del acuerdo Mercosur-Unión Europea que no aplaudió cuando se reconoció el papel del presidente de Brasil en ese logro diplomático regional. La Argentina que insulta a su vecino mayor mientras ese vecino le roba sus mejores empresarios es una Argentina que no entiende en qué mundo vive.

Las consecuencias de ese clima se leen en los números. Investigaciones de la Universidad de Buenos Aires registran que la capacidad productiva ociosa en la industria argentina supera el cuarenta por ciento: cuatro de cada diez máquinas en las fábricas del país están paradas. La participación del sector manufacturero en la economía nacional cayó a niveles que no se observaban desde antes de la Segunda Guerra Mundial. Las plantas que cierran no son fósiles productivos que merecían jubilarse: son empleos calificados que no regresan, conocimiento técnico que se evapora con el último operario que apaga la luz, cultura productiva que tarda generaciones en reconstituirse una vez que se rompe. Los egresados de ingeniería y tecnicaturas que Argentina forma con inversión pública terminan aplicando su talento en plataformas del norte global porque aquí no hay industria que los necesite ni Estado que los convoque.

El discurso oficial llama “saneamiento” a ese proceso. La palabra es reveladora: presenta la destrucción de la base productiva como un acto médico, limpio y necesario. Pero las amputaciones no son saneamientos. Son pérdidas permanentes. Y los miembros amputados no rebrotan.

Las plantas que cierran no son fósiles productivos que merecían jubilarse. Son empleos que no regresan, conocimiento que se evapora y cultura técnica que tarda generaciones en reconstituirse.

El Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI: el nombre de lo que Brasil hace y Argentina necesita

Llegamos al núcleo de este artículo. La escena de Santa Cruz no es solo una noticia que comenta la coyuntura política regional. Es la demostración empírica, en tiempo real, de un modelo que desde nuestro espacio político venimos construyendo y proponiendo para la Argentina: el Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI.

Últimas Noticias