Un senador provincial del peronismo confirmó que acompañará la candidatura de Antonio Bonfatti a gobernador.

Se trata del senador provincial Joaquín Gramajo que representa al departamento 9 de Julio, el segundo con menos población de Santa Fe, con unos 30 mil habitantes según el censo 2010 (el primero es Garay).

Con 2 millones de electores en toda la provincia, los votos que el legislador provincial pueda arrastrar al Frente Progresista difícilmente definan la elección de gobernador. Los alcances son otros.

-Se trata de la primera pieza (y en el peronismo esperan que la única) en separarse del dispositivo de contención que el PJ santafesino viene prolijamente armando bajo las consignas “todos por adentro” y “unidad en la diversidad”.

-Gramajo explicó su apoyo a Bonfatti: “No sólo me permite pensar en llegar a volver a ser senador, sino sobre todo en poder pensar en el compromiso más grande que es ver qué hacés por la gente que te dio el voto y su confianza”. Dijo que la decisión la tomó en base a la experiencia de haber sido senador cuando gobernaba Bonfatti y Lifschitz. Quiso decir que su departamento nunca había recibido tanta atención del Estado provincial. La desvergüenza o naturalidad con la que Gramajo argumentó su decisión podría legitimar a peronistas contrariados por no obtener el lugar que pretenden en el armado oficial, porque ven peligrar su status quo o simplemente porque apuestan a cosechar votos desde la identidad peronista pero fuera de los límites orgánicos. No hay mucho margen para escandalizarse porque el ejemplo vino desde arriba: tres ex presidentes del PJ santafesino se mudaron a listas de Cambiemos.

-Tercero, agita los viejos fantasmas de un desbande en segunda vuelta de la elección.

-Cuarto, expone cierta falta de contención del único candidato a gobernador del peronismo lanzado hasta el momento. Y aquí conviene detenerse un minuto.

La relación con el candidato

Omar Perotti y la mayoría de los senadores peronistas mantienen una relación amor-odio. Éstos le reprochan que sus energías las dedica a ser el eterno candidato y se desentiende del liderazgo y construcción del justicialismo como estructura electoral y territorial.

Por el contrario, el perottismo (y no sólo el perottismo) recrimina a los senadores haberse aliado en los hechos al oficialismo y abandonado el rol opositor que le encomendaron las urnas. También que los senadores se levantan demasiado el precio a sí mismos y que si bien quien quiera ser gobernador de Santa Fe los necesita no hay que pagar más de lo que valen. Ese “precio”, se dice, quedó evidenciado cuando Alejandra Rodenas, a pesar de que era la figura promovida por los senadores, perdió las primarias de 2017 contra Agustín Rossi en 7 de los 11 departamentos justicialistas.

Perotti y los senadores iniciaron un acercamiento en noviembre pasado. La cara visible de ese entendimiento es un preacuerdo para que Rodenas acompañe en la fórmula al rafaelino.

Nada es definitivo aún. La interna del peronismo sigue abierta. María Eugenia Bielsa dilata plazos que suman incertidumbre y Unidad Ciudadana (los espacios kirchneristas) mantiene sus expectativas.
Se pretende que el escenario nacional no contamine la estrategia local, pero no será sencillo. Es impensable, por ejemplo, que la ex presidenta prescinda del armado en Santa Fe si viese que el candidato de su espacio corre riesgo de terminar tercero cómodo en la interna. Sería una pésima presentación para sus expectativas nacionales.

¿Novedad? ¿Qué novedad?

Otro componente curioso que tiene el caso Gramajo es que dentro del bloque se senadores peronistas varios de sus colegas tenían en la manga la misma carta. Al final optaron usarla, pero la consideraron seriamente. El de San Javier, José Baucero, lo expresó en las últimas horas, pero es solo cuestión de ir al archivo para revisar declaraciones periodísticas y el acompañamiento que muchos de ellos tuvieron a proyectos del oficialismo. Armando Traferri, de San Lorenzo, presidente de la bancada dijo que estaba dispuesto a levantar las dos manos para apoyar el endeudamiento si era para obra pública y en más de una oportunidad coqueteó con una alianza con el Frente Progresista bajo liderazgo de Bonfatti.

Suele atribuirse ese acompañamiento al ya famoso Fondo de Fortalecimiento Institucional que los senadores acordaron con el electo gobernador Antonio Bonfatti a fines de 2011. En el presupuesto 2019 la partida es de 295 millones, a razón de 15 millones por senador o 1,3 millón por mes para repartir subsidios discrecionales en sus departamentos. Una caja extraordinaria, debidamente institucionalizada y presupuestada que despeja la sospecha de arreglos económicos por debajo de la mesa para la aprobación de leyes.

¿Sólo dinero? ¿Es eso? ¿Esa es toda la explicación de por qué determinados actores y factores de poder se comportan de tal o cual manera?
Reducir a una cuestión económica lo que en la realidad fue un acuerdo que garantizó gobernabilidad, redistribuyó poder con consecuencias en lo institucional y en lo partidario y ya lleva 7 años y dos gobernaciones deja muy rengo el análisis.

Aclaración indispensable. Nadie puede subestimar lo que significa hacer política con la cantidad de recursos económicos que disponen los senadores. No sólo ayudan y asisten a quien golpea a sus puertas, financian estructuras políticas, instituciones y medios de comunicación.

Muchos jefes comunales en esos departamentos tienen enormes responsabilidades que asumir y al final del mes no cuentan con la libertad de hacer política tan sueltos de mano. También es cierto que la acumulación de poder de algunos senadores llegó a un punto poco virtuoso al desequilibrar las relaciones de fuerza en la vida política-institucional de esos departamentos.

Quien hace política necesita recursos, pero antes que eso necesita futuro. No hay otro capital más importante para un político que el futuro. Y el futuro es lo que persiguen los senadores, cuyas posibilidades de reelección son indefinidas… mientras la gente no se harte.

De la teoría a la realpolitik

Uno de los hechos político-institucionales más curiosos de la política santafesina de la última década ocurrió en diciembre de 2010 y fue la reforma electoral que introdujo la boleta única para votar.

El socialismo, que había llegado al gobierno promoviendo la sustitución de la actual Legislatura por la unicameralidad (incluso en contra de los deseos de la UCR) y que montó un esquema territorial de 5 regiones paralelo al de los 19 departamentos, tres años más tarde pactaba una reforma que entre varios efectos fortaleció a los senadores.

La boleta única desenganchó la suerte de los senadores peronistas del mismo modo que una locomotora se desprende de sus vagones. Se volvieron exitosos electoralmente al mismo tiempo que su partido se hundía derrota tras derrota.

En tiempos de boleta sábana no era tan así. Por eso los senadores peronistas eran casi todos reutemistas, algunos por convicción, pero muchos otros por conveniencia. En ese entonces no era opción desengancharse del gran elector de la política santafesina sin el riesgo de que el reutemismo digite para su sublema otro candidato cualquiera. El efecto arrastre de la sábana hacía el resto.

Boleta única y Fondo de Fortalecimiento Institucional resultaron dos dispositivos acuñados entre diciembre de 2010 y diciembre de 2011 que redibujaron el mapa de poder político-institucional de Santa Fe. El eje de poder político se desplazó sensiblemente. Al Frente Progresista le garantizó la gobernabilidad que las urnas habían puesto en jaque. Y a los senadores les dio presente y futuro.

Y no sólo eso

Además de los “subsidios de la felicidad” que reparten, el otro gran eje de gestión de los senadores son los servicios y la obra pública. Aunque parezca una contradicción, varios son los que sienten que tienen mayor protagonismo y proyección con los gobiernos del Frente Progresista que cuando ellos o los que los antecedieron tributaban subsidiariamente a gobernadores del PJ.

Y es una realidad. En minoría en el Senado, el Ejecutivo está obligado a abrir algunos canales de negociación con los senadores, a escuchar sugerencias y compartir prioridades para avanzar, como ocurrió cuando exigieron participar de la confección del listado de obras a financiar con el endeudamiento que debían autorizar. Peronistas y radicales disfrutan de ese protagonismo.

Uno de los aspectos que más incomoda a la Casa Gris es que tanto peronistas como radicales demandan consulta permanente sobre toda decisión del Ejecutivo que involucre a sus departamentos, desde obra pública hasta directores de escuelas y centros de salud, desde comisarios hasta porteros de escuelas. Una cabal expresión de realpolitik mezclada con microfísica del poder.

Los límites del acuerdo

Dentro del Frente Progresista hay quienes creen que el poder acumulado por los senadores de la oposición sobrepasó límites. Pocos meses atrás el gobernador Lifschitz cometió un desliz público cuando llamó al Frente Progresista a conquistar más departamentos: “Necesitamos terminar con los chantajes y la extorsión para poder avanzar más rápido con los cambios y para tener reforma constitucional”.

Hay una realidad en lo que expresa Lifschitz. La confluencia de intereses entre la mayoría peronista del Senado y los gobiernos del Frente Progresista garantiza gobernabilidad y supone una plataforma de coincidencias básicas que le sirve a ambas partes. Sin embargo, cada vez que el Frente Progresista buscó levantar el techo a esa plataforma las cosas quedaron trabadas.

Esto supone un desafío: cómo avanzar con reformas que la relación de fuerza desventajosa obligó a freezar ante la negativa del Senado, como leyes de acceso a la información pública, cupo femenino, educación, educación sexual integral, reforma del sistema de salud pública, ley penal juvenil, entre otras.

La pregunta es pertinente: ¿en qué punto aquello que salvó al Frente Progresista frente a relaciones de fuerza que significaban limitaciones concretas se vuelve un freno a las transformaciones que el oficialismo dice promover? ¿Hay riesgo de que la agenda reformista se diluya en el temperamento conservador del Senado? ¿Cuándo una fuerza política pierde potencia transformadora y comienza a conformarse con retener el poder? ¿Es el riesgo que tiene adelante el Frente Progresista?

Si algo mantiene en vigencia al socialismo es su capacidad para convivir entre lo urgente y el largo plazo. Supo reinventarse ante cada ciclo político a pesar que parecía una experiencia agotada; incorporó nuevos temas y modificó posicionamientos, a veces con éxito y otros no.
Mientras tanto los hospitales y grandes acueductos que Hermes Binner prometió como un plan que llevaría 20 o 25 años tomaron forma. Otras obras y reformas seguirán en carpeta esperando que se modifiquen las relaciones de fuerza actuales como sugirió el gobernador. Para eso hay que esperar qué dicen las urnas.