VIERNES, 17 DE JUL.

Cuadro de situación económica

Si la actividad económica continúa perdiendo dinamismo y la Nación mantiene cerrada la billetera, las provincias empezarán a enfrentar un panorama muy incómodo.

Mientras el Gobierno nacional celebra el superávit fiscal como la prueba irrefutable de que «la motosierra funciona», del otro lado del mostrador las provincias crujen porque la holgura de unas cuentas se construye sobre la base de las miserias de otras. No cae del cielo: una parte importante se explica por un cambio permanente en la relación financiera con los gobernadores.

Según información del propio Ministerio de Economía de la Nación, durante el primer semestre de 2026, los fondos de origen nacional distribuidos a las provincias cayeron 2,8% en términos reales. Dicho en criollo: las provincias recibieron menos plata mientras sus costos siguieron aumentando. Pero la historia no termina ahí.

Las transferencias discrecionales de la Nación registraron una caída real del 51,7%, una baja de una magnitud pocas veces vista desde el retorno de la democracia. La billetera política prácticamente desapareció. Pero el problema de las provincias no termina en la coparticipación. También empieza a hacer agua la recaudación propia: los impuestos provinciales acumularon una caída real del 1% durante el primer trimestre de 2026. Puede parecer un número menor, pero cuando se combina con una menor asistencia nacional, el resultado es una doble pinza sobre las finanzas provinciales: entra menos plata por la puerta de la Nación y también por la ventanilla de sus tesoros. Claro que, como ocurre con todas las estadísticas, el diablo está en los detalles porque el cuadro de situación del interior no es homogéneo. Apenas un puñado de jurisdicciones logró mejorar su recaudación real. Córdoba creció 7%, Neuquén 8%, Santiago del Estero 2% y Santa Fe apenas 2%, mientras la mayoría de las provincias continuó mostrando variaciones negativas. Buenos Aires retrocedió 2%, Chaco 4%, Corrientes 6%, Mendoza 16%, Misiones 22% y Tierra del Fuego 7%, entre otras. Es decir, la excepción confirma la regla: la desaceleración económica ya empezó a sentirse en las cajas provinciales.

Hay otro dato que merece atención. En promedio, el 74% de toda la recaudación tributaria provincial proviene de Ingresos Brutos, mientras que los impuestos patrimoniales —como el Inmobiliario— representan apenas una fracción mucho menor. En otras palabras, las provincias dependen cada vez más de un impuesto estrechamente ligado al nivel de actividad económica. Cuando la economía se enfría, las cuentas públicas también. Es la paradoja del federalismo argentino: cuanto más se necesita recaudar para sostener los servicios públicos, más se deteriora la principal fuente de financiamiento.

De ahí que el segundo semestre puede transformarse en una prueba de resistencia para los gobernadores. Ya no alcanza con administrar mejor. Si la actividad económica continúa perdiendo dinamismo y la Nación mantiene cerrada la billetera, las provincias empezarán a enfrentar un panorama mucho más incómodo que el de equilibrar un Excel: decidir qué gasto recortar sin resentir la calidad de los servicios públicos.

En definitiva, Milei se carga como una medalla de oro al superávit fiscal, pero conviene preguntarse quién pagó esa medalla puesto que la Nación dejó de financiar rutas, escuelas, hospitales o programas sociales, y esos problemas no desaparecen: cambian de domicilio. Se mudan a las provincias y, más temprano que tarde, terminan golpeando la puerta de los municipios. El federalismo no se rompe de un día para otro; se desgasta lentamente, como la moraleja de la rana en el agua. Esperemos que las provincias se den cuenta a tiempo, antes que la temperatura social se las lleven puesta.

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