MARTES, 20 DE OCT.

Rosario Sin Secretos: ¿Argenzuela?, no, ¡Venetina!

Los argentinos vivimos en carne propia lo que en estos días mantuvo en vilo la atención mundial. No había, en 1833, redes ni información instantánea de lo que ocurría en el mundo, pero aquel 3 de enero perdimos algo que nos pertenece por derecho propio: las islas Malvinas.

 

Sin ser analistas políticos ni historiadores académicos, como habitantes de la Cuna de la Bandera argentina es nuestro deber recordar un suceso que marcó nuestra historia.

El sentido común y la buena memoria nos pueden ayudar a trasladarnos en el tiempo y recordar aquella fatídica jornada en la que, 193 años atrás, el Reino Unido invadió y ocupó nuestras Islas Malvinas, expulsando por la fuerza a las autoridades y a la población argentina que allí estaba viviendo.

Durante muchos años se utilizó la palabra “Argenzuela” para amedrentar al electorado acerca de un futuro incierto que nos parangonaría, en cierta medida, con el país caribeño. Pues bien, en este 2026, habrá hermanos venezolanos con temor a ser “Venetina”.

Este juego de palabras sólo se realiza para ponernos en contexto de lo que está sucediendo en la actualidad y lo que nos ocurrió a nosotros hace casi dos centurias.

No fue un bombardeo aéreo ni acciones terrestres en distintos “puntos estratégicos”, con inevitables muertes de militares y civiles (de la que mucha información oficial no trasciende, pese a la facilidad que hoy nos brinda la tecnología), sino la corbeta británica HMS Clío la que, al mando del comandante John James Onslow, intimó a la guarnición nacional asentada en las islas, a arriar la bandera celeste y blanca que con tanto amor y valor creó, juró e hizo bendecir en Rosario, por el padre Julián Navarro, Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano, aquel 27 de Febrero de 1812, cuando lo mandaron al Rosario a construir dos baterías. A una la llamó “Libertad” y a la otra “Independencia”. ¿Simbólico, verdad?

El capitán José María Pinedo, el mismo que se había enfrentado en las guerras civiles a Pancho Ramírez y al brigadier López, el que formó parte de la escuadra del almirante Guillermo Brown, desobedeciéndolo, y el que entregó su buque a la Flota del Estado de Buenos Aires comandada por José Murature, a cambio de una jugosa recompensa de dos millones de pesos en onzas de oro, a repartirse entre los oficiales, fue quien estaba al frente de la Sarandí, la embarcación surta en la Isla Soledad, aquel 3 de enero de 1833.

Cuando arribó de regreso a Buenos Aires, a Pinedo lo esperaba una corte marcial, de acuerdo al Código Militar de Argentina, por no haber resistido debidamente la intromisión británica, y él se excusó diciendo que no había recibido órdenes de Buenos Aires de “cómo actuar en caso de una expedición militar británica”. Declarado culpable, con opiniones divididas entre su ejecución y la expulsión del servicio, finalmente ninguno de estos castigos se le impusieron y a los cuatro meses ya estaba al mando de otras embarcaciones.

Ya había pasado un año entero desde aquel 31 de diciembre de 1831 cuando Silas Duncan, capitán de la Armada de los Estados Unidos, desembarcó en el establecimiento de Puerto Soledad, en las islas Malvinas, administradas por la Confederación Argentina, y provocó el ataque del USS Lexington, saqueando las dependencias oficiales y las viviendas particulares, y destruyendo la colonia del entonces gobernador Luis Vernet, violando y violentando la soberanía argentina para aplicar por primera vez la Doctrina Monroe.

¿Le suena haber escuchado esta frase en las últimas horas?

“América para los americanos” debería traducirse en lo que realmente pareciera perseguirse en la actualidad, “América para los norteamericanos”.

Aunque si tenemos en cuenta el bombardeo como “regalo de Navidad” que recibió Nigeria, el país con más reservas de petróleo de África, el 25 de diciembre pasado, pareciera que esta “conflagración globalizada” no tiene fronteras ni admite soberanías.

El año pasado, Jubilar y Santo para la grey católica y del “Tricentenario” para la Cuna de la Bandera argentina, hemos perdido la gran oportunidad de conmemorar el Bicentenario de aquel Tratado de Amistad, Comercio y Navegación, firmado en 1825, en el que Londres no objetó, en absoluto, los derechos argentinos de soberanía sobre las Islas. Fue el único año, en los dos últimos siglos, que Gran Bretaña reconoció que las Islas Malvinas eran argentinas.

 

Los británicos aducen ser sus propietarios desde enero de 1690 -apenas unos meses después que la corona española le entregara a Luis Romero de Pineda las tierras del Pago de los Arroyos que dieran origen a nuestra ciudad-, cuando el capitán inglés John Strong desembarcó en las Islas Malvinas, bautizando el estrecho que las separa como «Falkland Sound», en honor a Anthony Cary, Vizconde de Falkland, que fue quien puso el dinero para su expedición. Una especie de “canje publicitario” de alto marketing.

Aunque en realidad, la existencia en el lugar de los extinguidos guarás (zorros), introducidos por los canoeros yámanas, mucho antes de la llegada de los europeos a estas tierras riquísimas, dan prueba fehaciente que no fueron los primeros en pisar el terreno insular.

Por su parte, la Confederación Argentina había tomado formal posesión de ellas el 6 de noviembre de 1820, justo el año en que murió Manuel Belgrano, suspirando la frase “!Ay, Patria mía!”, como sus últimas palabras, casi como si adivinara el futuro de la tierra que tanto le había costado independizar junto a otros grandes, muchos de ellos, olvidados.

Sin embargo, mucho antes, en 1501, en una expedición de la que participó, Américo Vespucio ya se había referido a ellas en sus cartas Mundus Novus, igual que en el mapa del almirante otomano Piri Reis, de 1513, en el que aparecen cartografiadas.

La cuestión es que, por continuidad jurídica con los derechos heredados del antiguo Virreinato del Río de la Plata, por Bula Papal y por el tratado de Tordesillas, de 1494, firmado sólo dos años después de que “se descubrió” América, las islas Malvinas son definitivamente argentinas y fueron usurpadas en tiempos de paz aquel 3 de enero de 1833.

Pero como nos gusta ir al origen, compartimos lo sucedido en aquel incidente conocido como “de Lexington” y provocado por un funcionario, George W. Slacum, encargado de negocios que se autoproclamó autoridad a la muerte del titular del consulado, John Murray Forbes.

De este Slacum se decía que era un inepto, “un individuo carente en absoluto de experiencia diplomática y tan falto de tacto como de buen juicio”.

Sin embargo, a una queja suya presentada ante el gobierno británico porque no los dejaban a norteamericanos, ingleses y franceses saquear tranquilamente y les impedían hacer sus pingües negocios con la caza de ballenas, focas, lobos, zorros y toda la bendecida fauna de la zona, mucha de la cual ya se ha extinguido merced a la codiciosa rapiña y desmedida ambición, presentó una queja ante su gobierno culpando de “pirata” al designado comandante político y militar, gobernador Luis Vernet. Cualquier parecido con la realidad, es pura coincidencia.

¿Qué decía la circular que presentó Vernet en aquella oportunidad? Simplemente:

“(…) a todos los capitanes de los buques ocupados en la pesquera en cualquier parte de la costa perteneciente a su jurisdicción les ha de inducir a desistir, pues la resistencia los expondrá a ser presa legal de cualquier buque de guerra perteneciente a la República de Buenos Ayres; o de cualquier otro buque que en concepto de infrascripto se preste para armar, haciendo uso de su autoridad para ejecutar las leyes de la República. El suscripto también previene contra la práctica de matar ganado en la isla del Este (…)”.

Y, ¿saben qué? La petrolera inglesa Rockhopper Exploration Plc. y Navitas Petroleum Development and Production Limited, de Israel, ya anunciaron que, con la autorización correspondiente del gobierno de las Islas Malvinas, a partir de 2028 tienen proyectado extraer 819 millones de barriles de petróleo, 55 mil diarios, en el yacimiento Sea Lion, en la Cuenca Malvinas Norte, dentro de la plataforma continental argentina.

¿La buena noticia? Desde la Secretaría de Malvinas, Antártida, Islas del Atlántico Sur y Asuntos Internacionales, de Tierra del Fuego, el gobierno provincial repudió la decisión del “ilegítimo y pretendido gobierno británico que ocupa nuestras Islas Malvinas” e instó al Ejecutivo Nacional a “reafirmar con claridad ante la comunidad internacional que la Argentina no consiente ni reconocerá ninguna explotación hidrocarburífera en la plataforma continental bajo ocupación británica”, y recordaron que la Cuestión Malvinas es “una causa nacional que trasciende cualquier diferencia partidaria”.

Por su parte, el Ministro de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto de Argentina, a cargo de la Cancillería, Pablo Quirno, difundió un comunicado ciertamente alentador en el que expresa su “enérgico rechazo” al proyecto de las multinacionales, a las que catalogaron de “ilegítimas e ilegales”.

“Quienes intervengan o faciliten dichas actividades quedarán expuestos a la adopción de medidas administrativas, legales y judiciales, incluyendo sanciones, restricciones operativas, inhabilitaciones y acciones en jurisdicciones nacionales e internacionales. La República Argentina desalienta de manera expresa la participación en estos emprendimientos ilegales y se reserva el derecho de ejercer plenamente todas las acciones disponibles para impedir su desarrollo y salvaguardar sus derechos e intereses soberanos”, aseguraron desde el Palacio San Martín.

Seguramente los espíritus de quien le dio nombre al palacio donde funciona la Cancillería, juntamente con los de Belgrano, Güemes, Mariano Moreno y también su hermano menor, Manuel, el ministro plenipotenciario al que le tocó redactar el primer alegato en defensa de la soberanía argentina, sonreirán satisfechos por esto desde donde Dios quiera que estén.

El hermano de secretario de la Primera Junta era también un apasionado político, médico graduado en Maryland, aunque nunca ejerció como tal, y el primero en dictar clases públicas de Química en la Universidad de Buenos Aires, por lo que recibió el apodo de “Don Óxido”.

 

Fue el responsable de redactar la primera protesta argentina contra la usurpación, y el destinatario del documento resultó ser Henry Temple, tercer vizconde de Palmerston, Secretario Principal de Estado para los Asuntos Extranjeros de Gran Bretaña, a quien apodaban “Lord Piedra Pómez” por su estilo abrasivo y desgastante.

Manuel Moreno fue también un ferviente opositor a Bernardino Rivadavia, el ministro que durante el gobierno de Martín Rodríguez viabilizó aquel empréstito, en 1824, con la casa de banqueros ingleses Baring Brothers, poniendo tierras públicas como garantía.

Al pasar por la plaza 25 de Mayo, en Rosario de Santa Fe, nos preguntamos si el autor de la Columna a la Libertad, el escultor italiano Alejandro Biggi, al cincelar a Mariano Moreno tan pensativo, ¿no estaría queriendo transmitir el pensamiento del director de la Gazeta de los Buenos Ayres, preguntándose qué está haciendo Rivadavia junto a San Martín y Belgrano?

 

Apenas legible, debido a la distancia impuesta por la reja perimetral, al pie de la estatua de San Martín está escrito: El primer genio militar de América y el libertador de medio mundo, aclamado por la voz de cuatro generaciones. San Lorenzo, el paso de los Andes, Chacabuco, Maipú, la independencia de Chile y de Perú, su entrada triunfal en Lima, la abolición de la esclavitud, la capitulación del Callao, la libertad de imprenta, y ocho repúblicas independientes, dentro del círculo trazado por su espada victoriosa, son hechos gloriosos de este argentino ilustre. Murió lejos de la Patria, el 17 de agosto de 1850.

Debajo de la de Manuel Belgrano: La América del Sud no ha producido gloria más pura, corazón más abnegado, ni patriotismo más desinteresado. Y la historia recordará siempre, entre sus grandes y gloriosos hechos la bandera de la patria que el inventó. El Paso del Tacuarí, el combate de Las Piedras, las batallas de Tucumán y Salta, y la rendición de todo el ejército enemigo. Murió en la miseria el 20 de junio de 1820, olvidado de sus contemporáneos, en medio de los horrores de la guerra civil, exclamando al morir ¡Ay, Patria mía!

La leyenda que acompaña a Mariano Moreno, dice: La historia ha grabado su nombre llamándole el profeta, el númen, el nervio de la Revolución de Mayo y el alma del partido de la democracia. En el apogeo de su genio creador y a pesar de la grandeza de su patriotismo, tuvo que abandonar el suelo de la patria, sorprendiéndole la muerte en medio del océano, el 4 de marzo de 1811.

Y sobre Bernardino Rivadavia, Biggi dejó grabado en mármol de Carrara, en 1883: Estadista eminente, espíritu iniciador, diplómata habilísimo, demócrata y educacionista fervoroso, se puso al servicio de su patria, desde el primer día de la Revolución de Mayo. Fue el primer presidente de las Provincias Unidas del Río de la Plata, que forman hoy la Nación Argentina. Expatriado al imperio de la anarquía, sucumbió agobiado por la miseria el 2 de septiembre de 1845, legando a su patria un nombre glorioso.

El millón de libras esterlinas, de lo cual llegó una cifra mucho menor a través de letras ya que un importante porcentaje había quedado en los bolsillos de los intermediarios, había sido solicitado para la construcción de un nuevo puerto, instalar un sistema de agua corriente y promover la colonización de la campaña fundando pueblos. Finalmente, lo que quedó, se utilizó para la guerra contra el Brasil.

En 1841, Manuel Moreno le escribía a su sobrino: “Los que empezaron la Revolución creyendo generosamente en los destinos de la Patria, nunca se pudieron imaginar, entre los grandes riesgos que tan heroicamente arrostraron, que habían de llegar tiempos de esta especie».

Aquel empréstito se canceló en 1904. Como diría Rosa Río, más importante que obtener un crédito es saber cómo y en qué se lo utiliza. La clave será siempre la administración, tarea para la que son elegidos aquellos que nos gobiernan en todos los estamentos, y en especial, aquel que, por un tiempo, se sienta en el “Sillón de Rivadavia” y es el primer responsable de la soberanía del país.

Un tema para reflexionar en este tórrido enero, ¿verdad? Y ya que estamos en tiempos de reflexión, y sin ánimo de polémica, ¿le parece atinado que la senda peatonal frente al Monumento a la Bandera, esté pintada con los colores celeste y blanco de nuestra Bandera?

 

Pareciera altamente contradictorio que un símbolo tan importante para la soberanía nacional como son los colores del lábaro patrio, se haya convertido en un sitio permanentemente pisado y pisoteado tanto por peatones, como por automóviles y todo tipo de transporte.

La Bandera se ha creado para flamear con aires de libertad e independencia, y no para estar arrastrada por el suelo. Usted, ¿qué opina?

Una de esas “cebras” viales une el Monumento Nacional a la Bandera con el bellísimo Cenotafio erigido en homenaje a los Héroes de Malvinas, foto que grafica nuestra portada. Allí están grabados los nombres de quienes murieron y los que sobrevivieron, poniendo el cuerpo, en esa desigual contienda que permanece incólume en el corazón de todos los argentinos.

Como presente, y en este presente, queremos dejarles, aunque tardío, un regalito por la Epifanía de los Reyes Magos. Esta vez con un deseo especial que, como un rezo, si es compartido por muchos, puede hacerse realidad:

Cambiar sólo una palabrita de una de las estrofas de la canción que escribiera Carlos Obligado y a la que José Tieri le pusiera música, ¡en 1939!, cuando se creó la Junta de Recuperación de las Malvinas, bajo la presidencia de Roberto Marcelino Ortiz, aún cuando haya cobrado popularidad recién en 1982.

Conocemos sobradamente el poder decretante de la palabra. La palabra es verbo, es acción, decreta, moviliza y crea. Si cantamos «Brille, ¡oh, Patria!, en tu diadema, la perdida perla austral», ¿cómo pretendemos recuperarla, si ya la damos por perdida? Solamente reemplazando el vocablo “perdida” por la palabra “querida”, no cambiaríamos el ritmo musical y podríamos abrigar la esperanza de que, alguna vez, se haga justicia. ¿No le parece?

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