Historias al plato: “Carlito, vos también tenés tu historia”
Nació en Rosario, en nuestra ciudad, para más precisión, en el bar-confitería-chopería Cachito, uno de los tantos lugares por entonces que comenzaban a conformar el incipiente mundo del rubro en la Avenida Pellegrini (estaba en Pellegrini esquina Maipú).
- Gastronomía y algo mas
- Por Daniel Castellanos
- Abr 18, 2026
Suele considerarse que un hecho, para ser histórico, necesita un tiempo de distancia, entre el momento de su origen y el presente, que permita evaluar su impacto real en la memoria colectiva. Debe poder explicarse dentro de un rango temporario, un lugar, un contexto histórico – valga la redundancia – específicos, para poder decidir si el suceso es relevante, si ha significado un cambio, una ruptura, una transformación en el desarrollo de una sociedad.
Si nos atenemos al momento de su creación, data de 1953, y considerando que en términos históricos una cincuentena de años no son nada, pero admitiendo el evidente impacto que su presencia alcanzó desde ese momento en la consideración de la gastronomía vernácula, inicialmente, para alcanzar luego trascendencia nacional y porque no mundial, sabrán que nos estamos refiriendo al Carlito, (sí, sin “s” final), tal como lo nombramos los rosarinos cumpliendo con un mandato tácito de la fonética local que permite comernos las eses.
Indudablemente se trata de una preparación, de origen aleatorio, eminentemente azaroso, sin ser el resultado de un objetivo buscado, que sin embargo llegó a conmover la estructura sangucheril conocida hasta ese momento.
Nació en Rosario, en nuestra ciudad, para más precisión, en el bar-confitería-chopería Cachito, uno de los tantos lugares por entonces que comenzaban a conformar el incipiente mundo del rubro en la Avenida Pellegrini (estaba en Pellegrini esquina Maipú).
Se cuenta, que el adolescente Rubén Ramírez, hijo del propietario, para atender su inocultable voracidad producto de arribar al lugar luego de la jornada estudiantil se preparaba una suculenta merienda con lo que encontraba a mano: y quiso la sabia fortuna que en una ocasión llegara a consumar lo que a partir de ahí fue una verdadera genialidad, sin reconocer antecedente alguno, sin receta preconcebida, simplemente con el aporte de insumos que se ofrecían a mano pero que nunca habían sido utilizados en una sola preparación, en esas proporciones y del modo en que consigue hacerlo. En ese momento, en un rapto de lucidez surge la alquimia. Juega con el pan de miga, la manteca, el jamón, el queso y especialmente con el aderezo, el kétchup, que a partir de allí pasa a ser el verdadero protagonista de esta escena, sin desmerecer a los otros integrantes del “elenco” culinario. Y no debe soslayarse el tostado de la pieza, lo que la transforma en una verdadera revelación en la cocina local. Aquí aparece un elemento primordial para esta preparación como es “la carlitera”.
Tras probarlo, su creador lo expone a la consideración de sus convidados amigos quienes aprueban fervorosamente la creación, después a sus clientes y de ese modo se extiende la merecida difusión que alcanzó. El nuevo producto se promocionó, nunca expresado tan apropiadamente: de boca en boca.
Debe darle un nombre, y se le ocurre lo de Carlito. Aquí la biblioteca se divide en dos. Hay quienes adjudican esa denominación a la inocultable devoción que Rubén profesaba por la figura de Carlitos Gardel. Otros señalan que se debía al deseo que manifestaba de llamar a su futuro primogénito con ese nombre. Lo que ocurrió pocos años más tarde confirma esta hipótesis ya que su hijo recibió el nombre Carlitos, ya con “s” final, aunque se lo conoció como Charly.
La Fundación Instituto Internacional de la Lengua Española (Fundéu) recomendó que se incluya la “s”. Su creador insiste en que debe aplicarse otro manual, el de la calle, que responde a la razón que surge de la costumbre de los rosarinos que nos comemos las “eses”.
El sándwich pasó a parte del ADN rosarino. A propósito, el reconocido gestor cultural “Pichi” De Benedictis afirma acertadamente, que el Carlito es a Rosario lo que el Hot-dog es a Nueva York.
Con el correr del tiempo el mito crece, hasta que en 2013 es lanzada una propuesta desde la Asociación Civil Paseo Pellegrini para declarar “la semana del Carlito”. Al año siguiente, el 9 de octubre de 2014 más precisamente, la receta es declarada patrimonio cultural de nuestra ciudad por el Concejo Municipal a instancias del edil Carlos Comi, quien se reconoce, en su infancia, asiduo cliente de la chopería y consumidor de Carlito. “Es algo que nos identifica” asevera sobre el objeto de su propuesta.
La ortodoxia carlitera no admite la inclusión en la preparación del plato de otros ingredientes ajenos a los originales. Sólo es admisible la recomendación de su creador que aconseja utilizar insumos de muy buena calidad como única sugerencia para alcanzar un resultado óptimo.
Contra esa corriente conservadora debemos decir que hoy existen variedad de propuestas que incluyen pollo, puerro, huevo, salsa barbacoa, roquefort, panceta, lomito, etc. que si bien, con el propósito de optimizar la preparación, y puede que pretendan generar sabores placenteros, pero solo consiguen desnaturalizar un producto eminentemente original y tradicional.
Aunque no es mi propósito, suelo afirmar en cada ocasión que se presenta, difundir recetas; generalmente recopilo historias y las comparto, pero en esta oportunidad me veo obligado a sugerir algunas recomendaciones que el propio Rubén Ramírez expone para la obtención de un buen Carlito, a saber:
- El kétchup no debe ponerse sobre el pan, lo humedece.
- El orden debe ser: pan, manteca, queso, jamón, kétchup, otra tapa de queso y finalmente otra vez pan con manteca.
La elaboración no debe replicarse en casa, debe quedar para exclusividad de los bares y confiterías.
Ofrece la porción exacta, ni más ni menos.
Su consumo atraviesa todos los horarios; se puede ordenar para el desayuno, el almuerzo, la merienda y preferentemente para la cena, con el maridaje de una fresca y rica cerveza.
La combinación de todos estos ingredientes de la manera y en el orden recomendable consiguen un sabor irresistible al que muy pocos, diría nadie, puede oponerse.
Buen provecho compañeros.

