Y de toda otra dominación extranjera
La muerte de Antonio Rattín, ocurrida cuatro días antes de un nuevo enfrentamiento mundialista entre Argentina e Inglaterra, enlaza tres partidos y más de dos siglos de historia. Desde la declaración de 1816 hasta la Mano de Dios, el fútbol vuelve a convertirse en un territorio donde los argentinos representan sus ideas sobre la soberanía, la igualdad y la resistencia.
- Info general
- Por Nicolás Heredia
- Jul 13, 2026
El sábado 11 de julio, los jugadores de la Selección argentina salieron a disputar los cuartos de final del Mundial con un brazalete negro. Horas antes había muerto Antonio Ubaldo Rattín, uno de los grandes capitanes de la historia del fútbol argentino. Tenía 89 años.
Argentina derrotó a Suiza en tiempo suplementario y consiguió el derecho a enfrentar nuevamente a Inglaterra.
No será una guerra. Ningún partido puede recuperar un territorio, corregir una derrota militar ni devolver las vidas perdidas. Pero tampoco será un encuentro vacío.
Hay partidos que duran noventa minutos y hay partidos que cargan con siglos.
Una frase nacida con la Independencia
El 9 de julio de 1816, el Congreso reunido en Tucumán declaró a las Provincias Unidas como una nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y la metrópoli española.
Días más tarde se incorporó a la fórmula del juramento una precisión fundamental:
“Y de toda otra dominación extranjera”.
Según la interpretación difundida por el historiador Felipe Pigna, José de San Martín impulsó esa ampliación para impedir que la ruptura con España condujera a una nueva subordinación frente a Inglaterra, Portugal o cualquier otra potencia.
La frase incorporada al juramento expresaba una advertencia que atravesaría la historia argentina: abandonar un dominio no sirve si se acepta otro en su lugar.
Con el tiempo, esa discusión sobre la soberanía también ingresó, con sus contradicciones y excesos, a una cancha de fútbol.
1966: el capitán que no podía hacerse entender
El 23 de julio de 1966, Argentina e Inglaterra se enfrentaron en Wembley por los cuartos de final del Mundial. Inglaterra era el país organizador y terminaría consagrándose campeón. El partido quedó marcado por la expulsión del capitán argentino Antonio Rattín.
El árbitro alemán Rudolf Kreitlein no hablaba español. Rattín no hablaba alemán. En una época en la que todavía no existían las tarjetas amarillas y rojas, una expulsión debía comunicarse mediante palabras o gestos.
El argentino pidió un intérprete y se señaló el brazalete. Quería explicar que era el capitán y que tenía derecho a conocer el motivo de la sanción. El partido permaneció detenido durante varios minutos.
Rattín no quería salir.
No comprendía por qué lo expulsaban y se negaba a aceptar una decisión que consideraba injusta. Cuando finalmente fue obligado a retirarse, dejó dos imágenes que sobrevivieron al resultado.
Primero se sentó sobre la alfombra roja destinada al acceso al palco real.
La reina Isabel II no se encontraba en el estadio. Pero la alfombra seguía representando una jerarquía: era un espacio reservado, un pequeño territorio que indicaba que algunas personas podían transitar por lugares vedados para el resto.
Rattín lo ocupó con su cuerpo.
Después se levantó y continuó caminando hacia el vestuario. Al llegar a una de las esquinas de la cancha encontró el banderín de córner con los colores británicos. Lo tomó con la mano y lo retorció con fuerza mientras desde las tribunas le arrojaban objetos.
Rattín no estaba formulando una teoría política. Actuaba desde la bronca y la impotencia. Pero algunos gestos adquieren sentidos que exceden la intención de quienes los realizan.
Sobre la alfombra destinada a una reina se sentó un jugador sudamericano que exigía ser escuchado como un igual. Después cerró la mano sobre el símbolo de la nación anfitriona y se negó a abandonar Wembley como un hombre inferior. El gesto no modificó la expulsión. No devolvió al capitán al partido ni evitó la derrota argentina por uno a cero.
Su valor fue otro.
La alfombra expresaba que había personas situadas por encima de otras. El cuerpo de Rattín la convirtió durante unos minutos en un lugar común.
El banderín marcaba el límite de la cancha y exhibía la identidad del país organizador. Su mano pareció responder que ninguna bandera vuelve naturalmente superior a un pueblo.
Rattín seguramente no pensaba en San Martín mientras abandonaba Wembley. Pero algunos gestos parecen pronunciar antiguas frases sin necesidad de conocerlas:
“Y de toda otra dominación extranjera”.
1986: una guerra detrás de la cancha
Veinte años después, Argentina e Inglaterra volvieron a encontrarse en los cuartos de final de un Mundial.
El partido se disputó el 22 de junio de 1986 en el estadio Azteca de México. Habían pasado apenas cuatro años desde la guerra de Malvinas. Argentina había recuperado la democracia, pero continuaba atravesada por las consecuencias de la dictadura, la derrota militar y la memoria de los jóvenes enviados a combatir en el Atlántico Sur.
Antes del encuentro, jugadores y entrenadores intentaron separar el fútbol de la guerra. Era una afirmación necesaria: los futbolistas no habían decidido aquel conflicto y una cancha no podía transformarse literalmente en un campo de batalla.
Pero la separación nunca fue completa.
Años después, Diego Maradona reconocería que para los jugadores argentinos vencer a Inglaterra había sido parecido a derrotar a un país y no solamente a un equipo. Sabían que muchos jóvenes habían muerto en las islas y vivieron el triunfo como una revancha.
Una revancha simbólica.
Argentina no recuperó las Malvinas en el estadio Azteca. Los goles no corrigieron las decisiones de la dictadura ni devolvieron la vida a los soldados. Pero una sociedad que conservaba la imagen de la derrota encontró, durante noventa minutos, otra manera de representarse.
El primer gol de Maradona fue ilegal.
El capitán argentino saltó junto al arquero Peter Shilton y tocó la pelota con el puño izquierdo. El árbitro tunecino Ali Bin Nasser no observó la infracción y convalidó el tanto. Las repeticiones televisivas mostraron la mano, pero el fútbol todavía no contaba con una herramienta que permitiera revisar la decisión.
Para Inglaterra fue una estafa.
Para una parte de la sociedad argentina, la jugada se transformó en picardía, revancha y justicia popular. El futbolista pequeño, nacido lejos de los centros del poder mundial, engañaba al arquero alto de una potencia que cuatro años antes había derrotado militarmente a su país.
La infracción no dejó de ser una infracción.
Pero se convirtió en mito.
La Mano de Dios representó una justicia que no coincidía con el reglamento: la astucia del que se percibía más débil frente a quien aparecía como poderoso. Por eso continúa siendo una imagen contradictoria. Reducirla a una hazaña patriótica sería tan insuficiente como limitarla a una simple trampa deportiva.
Cuatro minutos después, Maradona convirtió el segundo gol.
Recibió la pelota dentro del campo argentino, avanzó durante once segundos, superó a los futbolistas ingleses que intentaron detenerlo, eludió a Shilton y definió.
El segundo gol cambió el sentido del primero.
En la Mano de Dios, Maradona había engañado a la autoridad.
En el Gol del Siglo ya no necesitó ocultar nada.
Inglaterra sabía que debía detenerlo. Los defensores lo rodearon, lo persiguieron e intentaron derribarlo. No pudieron.
La primera jugada demostraba que el poder podía ser burlado.
La segunda, que también podía ser vencido sin engaños.
Veinte años antes, la mano de Rattín se había cerrado sobre un banderín británico mientras era expulsado de Wembley. En el Azteca, la mano de Maradona volvió a aparecer frente a Inglaterra.
No fueron acciones equivalentes. Una fue un gesto de protesta y la otra una infracción dentro del partido. Pero ambas convirtieron el cuerpo en un territorio de resistencia.
La primera pertenecía a un capitán expulsado.
La segunda, a un capitán que se negaba a perder.
Después llegaron los pies.
Una deuda llamada Diego
Años más tarde, Eduardo Sacheri intentó explicar en su cuento “Me van a tener que disculpar” por qué era incapaz de juzgar a Maradona con la misma vara que al resto de los hombres.
No negó sus contradicciones ni lo convirtió en un santo. Habló de una deuda personal:
“Yo le debo esos dos goles a Inglaterra”.
Sacheri convirtió en literatura algo que millones de argentinos habían sentido sin encontrar las palabras: la gratitud por una imagen diferente.
Ya no solamente la de los soldados argentinos rendidos después de una guerra conducida irresponsablemente por una dictadura, sino también la de un hombre pequeño avanzando con una pelota mientras los ingleses quedaban detrás suyo.
La victoria no reparó la historia.
Pero cambió, durante un instante, la posición desde la cual un pueblo podía mirarla.
2026: el capitán ya no está
El 11 de julio de 2026, Antonio Rattín murió mientras Argentina se preparaba para jugar contra Suiza.
Ese mismo día, los jugadores llevaron un brazalete negro en su memoria. En 1966, Rattín se había señalado el brazalete de capitán para reclamar una explicación. Sesenta años después, la cinta volvió a los brazos argentinos para anunciar que aquel capitán ya no estaba.
La correspondencia es difícil de ignorar.
En Wembley, el brazalete decía ‘soy el capitán y tengo derecho a ser escuchado’.
En 2026, el brazalete negro dijo ‘el capitán murió, pero su historia continúa entre nosotros’.
Cuatro días después de su muerte, Argentina e Inglaterra volverán a enfrentarse en un Mundial.
No serán los únicos cruces entre ambos países. También estuvieron los partidos de 1998 y 2002, atravesados por los penales, la expulsión de David Beckham y su posterior revancha.
Pero 1966, 1986 y 2026 forman un arco particular: el nacimiento de una herida, su transformación en mito y su regreso dentro de una sociedad completamente distinta.
En 1966, el capitán y el árbitro no podían entenderse.
En 1986, las cámaras mostraron el error, pero no existía una herramienta capaz de corregirlo.
En 2026, cada jugada podrá ser detenida, ampliada y revisada desde múltiples ángulos.
La tecnología puede decidir la posición de un pie, reconstruir un fuera de juego y examinar un contacto dentro del área.
Lo que no puede decidir es qué representa un partido para una sociedad.
Para los futbolistas deberá ser un encuentro deportivo, jugado con profesionalismo y respeto. No son responsables de una guerra ocurrida antes de que muchos de ellos nacieran.
Para quienes estarán detrás de los televisores, sin embargo, nunca será solamente fútbol.
El miércoles
El miércoles 15 de julio habrá familias reunidas, amigos alrededor de una mesa, trabajadores siguiendo el partido desde una radio y niños que quizá escuchen por primera vez los nombres de Rattín, Maradona y Malvinas.
Habrá quienes recuerden personalmente el Mundial de 1986 y quienes solo conozcan aquellos goles a través de imágenes reproducidas miles de veces.
Puede haber una victoria o una derrota. Puede aparecer una nueva jugada memorable o simplemente un partido cerrado, áspero y ordinario.
El peso de la historia no garantiza la épica.
Antes de que la pelota comience a rodar se escuchará el Himno Nacional.
“¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!”, dice su comienzo.
Después habla del ruido de las cadenas rotas y pide contemplar “en trono a la noble igualdad”. Finalmente llega el juramento:
“Coronados de gloria vivamos o juremos con gloria morir”.
No se trata de morir por un partido.
Se trata de comprender que existen momentos en los que un pueblo necesita reconocerse en una misma voz. Momentos en los que once jugadores dejan de representar solamente a un equipo y cargan, aun sin haberlo elegido, con los recuerdos, las heridas y las esperanzas de millones.
Cuando Argentina e Inglaterra ingresen a la cancha, regresará Rattín sobre la alfombra de la reina y con la mano cerrada sobre el banderín.
Regresará Maradona elevándose frente a Shilton y atravesando durante once segundos la defensa inglesa.
Y regresará aquella frase incorporada en los comienzos de nuestra historia, cuando la Argentina intentó explicar ante el mundo qué significaba ser verdaderamente independiente:
“Y de toda otra dominación extranjera”.
El resultado todavía no está escrito.
La historia que acompañará a los jugadores, sí.


