La grieta global y el desacople económico: ¿llegó la nueva Guerra Fría?
Desde hace años se habla de tensiones geopolíticas entre Estados Unidos y la República Popular China, que cuesta traducir en choques concretos con consecuencias tangibles. La guerra arancelaria no solo es una de ellas, sino que puede configurar, por primera vez, un sistema similar al de la Guerra Fría. El falso dilema para Argentina.
- Internacionales
- Por Santiago Toffoli
- Abr 13, 2025
El anuncio de Donald Trump sobre la aplicación de aranceles a los bienes provenientes de la gran mayoría de los países del planeta abre una nueva etapa en el sistema internacional actual. Estados Unidos, defensor durante décadas de la idea que entendía al comercio libre de trabas como condición para la construcción de relaciones más amistosas entre los países, ahora aparece como el principal saboteador de aquel orden.

Las lecturas sobre la imposición de aranceles a aliados, socios, adversarios e incluso a islas deshabitadas por parte de Washington, fueron variadas. Hubo quienes analizaron la medida como parte de una estrategia para fortalecer la industria. Otros pusieron el foco en la idea de relocalizar la producción fronteras adentro. Algunos sostuvieron que Estados Unidos está intentando asegurarse las cadenas de suministro para un posible conflicto global, mientras que también están los que plantean que la destrucción del orden actual es condición necesaria para construir uno nuevo, a gusto y placer del poder norteamericano, en un contexto en el que su status de única superpotencia global se pone cada vez más en entredicho.

No obstante, en estos tiempos de capitalismo hiper financiarizado y globalización multidimensional, los mercados y parte del Partido Republicano pusieron el grito en el cielo y Trump propuso una tregua parcial. Todos tendrán que pagar el arancel del 10%, salvo la República Popular China, sobre la cual pesan aranceles en promedio del 125% que llegan al 145% si se suma el 20% que Estados Unidos aplicó como castigo al rol de China como productor de opioides que posibilitan la producción de fentanilo, hoy una epidemia en las ciudades norteamericanas.
Desde el Lejano Oriente, China con su Estado omnipresente, sus planes quinquenales y su régimen de partido único, se erige discursiva y políticamente como el principal guardián de esa economía libre y globalizada que tanto le permitió crecer. Esto sería paradójico si seguimos leyendo a la política internacional con las categorías del Siglo XX, donde libre comercio, Occidente, democracia liberal y capitalismo eran todos conceptos que defendían una misma cosa. Elementos de un mismo orden.
Beijing comenzó a jugar a la cinchada respondiendo una y otra vez a los aranceles estadounidenses, hasta que se encontró como único objetivo del frenesí tarifario de Trump. Es por esto que China dejó en claro que, a partir de la escalada arancelaria y el tire y afloje de las barreras al comercio, ya no hay posibilidad de que ingresen productos norteamericanos al mercado chino. De ahora en más, si hay más aranceles, serán simplemente ignorados.

Posiblemente estemos a las puertas del desacople entre las dos principales economías globales. Esta palabra hace referencia a un proceso de separación, de desarticulación comercial y productiva entre China y Estados Unidos. El camino hacia la extinción de productos Nike en Shanghai, y de las manufacturas “made in China” en Los Ángeles. Cuánto tomará ese proceso, es una incógnita. Pero lo que es seguro es que el primer paso es la escalada arancelaria que obstaculiza el comercio entre ambos países.

En este sentido, esta es la primera vez que hay una real y argumentada similitud entre la Guerra Fría del Siglo XX y esta tensión geopolítica global entre las dos potencias. Con vaivenes y algunas excepciones temporales, desde 1945 a 1989 la Unión Soviética y Estados Unidos comandaban y configuraban dos sistemas económicos diferenciados que dibujaban un esquema muy diferente a la economía global hiperintegrada que conocemos ahora, en la cual chinos y estadounidenses comercian por más de 500.000 millones de dólares al año desde 2011. La Guerra Fría del Siglo XXI iniciará realmente si se concreta el desentendimiento económico entre ambas potencias y se larga la competencia por las porciones del mercado global. Eso es lo que, posiblemente, se inauguró la semana pasada. Si esta reversión del conflicto bipolar tendrá otras similitudes con el del siglo anterior, donde proliferaron intervenciones directas, indirectas, guerras subsidiarias y reparto de esferas de influencia, es aún un misterio.
En este escenario, se achican los márgenes de maniobra para los países periféricos como el nuestro. Sobre todo si las decisiones en materia de política exterior son tomadas pura y exclusivamente a través del prisma sobreideologizado del actual gobierno, cuyos vínculos dependen más de los premios que organizaciones libertarias marginales le entreguen al Presidente que de los intereses nacionales.
En cuanto a los condicionamientos posibles que tendremos que enfrentar, alguna pista hubo la semana pasada cuando Mauricio Claver-Carone insinuó que los aranceles a nuestro país bajarían si Argentina no renovaba el swap de monedas con China. El ministro Luis Caputo confirmó la renovación de ese mecanismo esta misma semana. Ese condicionamiento no es el primero, ni será el último que enfrentará un gobierno que no resulta confiable para navegar en las tumultuosas aguas que impone el falso dilema de alinearse rígidamente con la primera potencia mundial o con nuestro principal socio comercial.

