JUEVES, 04 DE JUN.

Partición o soledad: Ucrania y su decisión más difícil

A casi 4 años de la invasión rusa a Ucrania aparece un plan de paz concreto negociado por Rusia y Estados Unidos. El precedente para Europa, Argentina y las guerras que vienen.

 

Kirill Dmitriev es un economista ruso formado en Stanford, la prestigiosa universidad californiana. Luego se especializó en Harvard y hoy dirige el fondo soberano de Rusia. Además de todo eso, es el principal negociador del Kremlin sobre el conflicto de Ucrania, el cual cumplirá 4 años en febrero. Hace un poco menos de un mes, a finales de octubre, Dmitriev se encontró en secreto con Donald Trump en Miami y comenzaron a delinear el plan de paz que se conoció hace algunos días y que hoy espera el pulgar arriba de Ucrania y sus socios europeos para terminar la guerra.

El acuerdo consta de 28 puntos y estuvo inspirado en el que Trump propuso para la Franja de Gaza, el cual recibió luz verde del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas la semana pasada. Quizás otra señal de que la relación entre Rusia y Estados Unidos experimenta cierta distensión.
En líneas generales, el acuerdo propuesto aborda las necesidades y preocupaciones principales de la Federación de Rusia. El propio Dmitriev lo dijo: “sentimos que la posición rusa está siendo realmente escuchada”. Su jefe Vladimir Putin, maestro en el arte de la gambeta narrativa, fue un poco menos determinante: “esto puede ser la base de un acuerdo definitivo”.

Ucrania cedería los territorios de Lugansk y Donetsk (la región del Donbass, por la cual empezó todo este lío). Hoy Rusia controla el 85% de este territorio. En ese 15% se establecería una zona desmilitarizada. Se congelarían las líneas en los otros dos oblast que el Ejército ruso ocupa -Jersón y Zaporizhia- y se reconocería a la Península de Crimea, oficialmente, como parte de la Federación. Todo esto de facto, aunque con el visto bueno explícito de Estados Unidos.

Por otro lado, Ucrania estaría obligada a limitar el número máximo de sus Fuerzas Armadas (unos 600.000 soldados) y no podrá ingresar a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), que tampoco tendrá tropas en territorio ucraniano. Kiev vuelve al escenario de neutralidad impuesta.

A cambio, Estados Unidos ofrece sus garantías de seguridad a Ucrania y al resto de Europa para evitar posibles agresiones de Rusia en el futuro. Garantías de seguridad significa contar con las herramientas para que el Kremlin no vuelva a atacar estos territorios en el futuro sin pagar un alto costo que derivaría, sin dudas, en un conflicto más amplio. La vieja y conocida disuasión. ¿Serán misiles? ¿Plataformas de lanzamiento? Solo se habló de aviones en Polonia, pero no mucho más.

Estos son los principales puntos. ¿Pero cómo se llegó hasta acá? ¿Por qué los europeos y los ucranianos aceptarían un plan que cumple con la mayoría de los objetivos de Putin? Y sobre todo, ¿Por qué Estados Unidos pacta con Rusia?

El conflicto está congelado. Más allá de algunos avances y retrocesos territoriales que se dan cada tanto, la mancha roja que grafica el avance ruso no tiene grandes modificaciones desde finales de 2022. Sin embargo, en los últimos días Rusia parece haber capturado dos ciudades estratégicas, Kupiansk y Pokrovsk, lo que consolida el dominio territorial ruso en el Donbass. Existe, entonces, un empuje de las tropas rusas que importa, aunque no sea determinante para una capitulación en el campo de batalla.

Esto abona a la teoría que defendía, en su momento, el Jefe del Estado Mayor Conjunto del gobierno de Joe Biden, el General Mark Milley. En 2022, a solo 7 meses de que Moscú comenzó con la invasión, Milley sostenía que Ucrania tenía que sentarse a negociar porque, tarde o temprano, Rusia iba a jugar y ganar la guerra de desgaste y el territorio iba a ser ocupado. Entonces, para ahorrar tiempo, plata, destrucción y muerte, mejor acordar. Tenía razón. De todas formas, hay que decir que un acuerdo en aquel momento hubiera sido un suicidio político para Volodimir Zelensky.

De todas formas, si algo quedó claro en estos casi 4 años, es que Vladimir Putin juega con el tiempo a su favor. Esta, según el Jefe del Kremlin, es una guerra de supervivencia para la Federación de Rusia. Pueden estar involucrados en ella el tiempo que sea necesario.

Sin embargo, en la guerra y en la política todo tiene un límite, y muchas veces aparece en forma de números. Hay muchas señales de que la economía rusa empieza a sentir el impacto del esfuerzo de guerra. Ahora, no a los 6 meses de la invasión como sostenían los agoreros de medios occidentales que cobran miles de dólares por sus columnas de opinión. En los últimos días, se ratificó que Europa dejará de comprar el gas ruso. Las sanciones y las tensiones geopolíticas en otras latitudes, también abonan a este escenario.

El propio desgaste de los años de conflicto también hace mella en la opinión pública rusa. Sus ciudades también reciben ataques de drones y misiles, aunque en menor medida que las ucranianas. De eso se trata una guerra, aunque estemos hablando de una asimétrica.

El que tiene la peor mano, como siempre, es Volodimir Zelensky. El presidente ucraniano está con problemas en casa ante un caso de corrupción en su círculo íntimo y que resintió su legitimidad, cuestionada en su momento por el propio Donald Trump, que lo llamó “dictador sin elecciones”. Eran momentos donde la fluctuante relación entre ambos mandatarios estaba baja, y Trump no estaba tan enojado con Putin, que le pateó la pelota para adelante y aprovechó para seguir estirando el conflicto.

Kiev tiene hasta el jueves 27 para aceptar el plan de paz de Trump mientras trata de cerrar alguna contrapropuesta que le permita no salir tan perjudicada. Esa contrapropuesta tiene fecha límite y colaboración de los británicos, los alemanes y los franceses. Veremos si todos ellos pueden idear algo que contente a Trump, que ya tiene el compromiso de explotación de los minerales críticos ucranianos y de la reconstrucción del país postconflicto. Toda la perorata de la defensa de la soberanía y la democracia de Ucrania es puro cuento. Siempre lo fue. A él le importan contratos cuantiosos y ganar el sobrevalorado Nobel de la Paz, que a los ególatras les sirve como trofeo personal.

El plan que se filtró aborda un tema más, según sus propios negociadores: las relaciones entre Rusia y Estados Unidos y la reincorporación plena de Rusia a la economía global. Por eso se comprende por qué Putin mandó a un economista formado en California para negociar con la Casa Blanca, después del encuentro fallido de agosto en Alaska y del fiasco de una posible reunión entre Trump y Putin en Budapest, Hungría, que finalmente se canceló.

Las sanciones de Washington sobre las empresas energéticas estatales rusas Rosneft y Lukoil parecen haber jugado un papel importante para una Rusia que, como dijimos antes, comienza a pagar los costos de estar al margen del sistema financiero occidental. Y a Estados Unidos no le interesa tener a Rusia apartada del juego totalmente para que se arroje, sin alternativas ni tapujos, a los brazos de la República Popular China.

Hace meses -desde la propia asunción de Trump, que fue en enero y no hace 12 años como todos nosotros percibimos- que aparece asiduamente la hipótesis del rescate de la diplomacia triangular de Henry Kissinger en los 60’, cuando pactó con China para debilitar la alianza con la Unión Soviética. Ahora funciona al revés. Traer al redil a Rusia podría abrir la puerta para debilitar la asociación con Beijing. Como en Game of Thrones, la buena fortuna en las guerras que vienen es vital, y las condiciones para tenerla tienen que construirse.
La pelota ahora está en Kiev. Zelensky tiene que definir qué va a hacer con la propuesta antes del próximo jueves. Estados Unidos y su Presidente, que han hecho del cinismo un arte, ya amenazaron con cortar el suministro de armas y la cooperación en inteligencia, los dos pilares de la resistencia ucraniana frente a un poder de fuego objetivamente mayor.

Sin embargo, seamos justos y digamos todo. En su magnánima bondad, Trump no va a obligar a Ucrania a decir explícitamente que los territorios perdidos son parte de Rusia. Se formaliza así un acuerdo impuesto, que perpetúa la violación de la integridad territorial ucraniana y que, para los flashes de las fotos, sigue en disputa y será tema de libros y reivindicaciones patrióticas. Europa, como continente plagado de diferendos territoriales y nacionalismos irredentos, deberá lidiar con la herencia de este proceso.

Cuando decimos que la política exterior argentina, en su seguidismo idiotizado y acrítico de lo que hace la Casa Blanca, es perjudicial para los intereses nacionales por los precedentes que genera, nos referimos a este tipo de cosas. La partición de Ucrania y su “desacuerdo acordado” es el status quo que el Reino Unido defiende en escenarios como las Malvinas y las Islas del Atlántico Sur.

La Guerra de Ucrania es el conflicto geoestratégico más determinante del siglo XXI, al menos en el continente europeo. Hay una posibilidad concreta, real, de que haya un acuerdo para que las armas callen. A cambio, habrá que redibujar mapas y salir sonriendo en fotos incómodas. Qué escenario se abre para el mundo, es una pregunta que solo el tiempo puede responder.

 

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