VIERNES, 17 DE JUL.

La bandera

El enojo de Milei con el gesto rebelde de la Scaloneta, encierra algo más grave que el cipayismo que exhibe.

Por Ignacio Fidanza- La Política Online

Las Malvinas son argentinas, como todas las frases buenas es directa. Un grupo de argentinos patriotas se dio como misión que el mensaje que habían prohibido la FIFA y el gobierno de Milei ingresara a la semifinal de Argentina e Inglaterra.

Cortaron una sábana de hotel y la pintaron con aerosol negro, recuperando esa magia de lo real que no logran traducir los memes electrónicos. Después de desplegarla detrás del arco de los ingleses y cuando ya tenían la policía encima, la envolvieron sobre una botella de plástico y con la precisión de un indio pampa la ubicaron en el campo de juego. Lo Celso la vio y entendió en un segundo la jugada: la desplegó y ya tenía al lado a Lisandro Martínez y Cuti Romero, y enseguida a casi todo el equipo, incluido Messi, protagonizando el momento más político del Mundial, que recorrió el mundo y quedará en la historia. Uno de esos goles que sólo los campeones encuentran. Audacia de un equipo que el poder quiere pasteurizar, pero no lo logra.

No son Maradona, son más educados, respetan las reglas, no hablan de política, hasta que en un acto y unas frases sueltas, te dejan muy claro que Maradona es también su ídolo y tienen demasiado claro todo. ¿O de dónde sale la poesía contestataria de esa frase que cantan en el vestuario?: «La Scaloneta va a vengar la Copa que le robaron al 10, la que no nos dejaron levantar, soy argento de la cuna hasta el cajón, por Malvinas por el Diego».

O ese rap demoledor que Messi fraseó con cara de distraído: «Hay gente que la pasa mal, que no tiene trabajo, que no llega a fin de mes o que la vive peleando».

Se veía venir, cualquiera podía darse cuenta lo que estaba en juego, menos el gobierno de Milei y su desgraciada ministra Monteoliva, que no perdieron la oportunidad de dejar una manzana en el escritorio de los poderosos.

Hay que tener muy poca sensibilidad nacional para intentar meter la guerra de Malvinas en la lógica obtusa de Hayek, que te lleva al elogio a Thatcher. Hay que estar lejos, muy lejos, para elogiar a una criminal de guerra que ordenó hundir al Belgrano fuera de las aguas de exclusión y cuando se alejaba del teatro de guerra.

El cipayismo de Milei es tan evidente, tan irreflexivo, que los grandes medios, que de manera muy neurótica intentan ayudarlo, hacen un esfuerzo descomunal para taparlo. Incluso, contra el propio Milei que fue y vino en una polémica que incluyó a sus voceros, siempre argumentado de manera oblicua contra el gesto de La Scaloneta, que ahora enfrenta el «riesgo» de una multa. De una multa.

El mismo presidente que elogia a Thatcher, que festeja el 4 de Julio de Estados Unidos con más entusiasmo que el 9 de Julio, que se desvive por posar junto a la bandera de barras y estrellas, es el que dice que la Argentina no produce nada que valga la pena, salvo, acaso, el dulce de leche. Difícil encontrar un retrato más peyorativo para nuestro país.

Toda la polémica entre Milei y la Selección a los que de manera indirecta o directa, trató de «imprudentes», «intrascendentes», «patrioterismos baratos», «berretas», «rancios» y claro, como no, «populistas», encierra el problema de mirar el mundo a través del limitado lente de la Escuela Austríaca: mezclás todo y te perdés lo importante.

Pero acaso hay algo peor que el cipayismo mental de creer que es una genialidad reducir una política exterior soberana a ser el mejor alumno de Trump. Lo que hay atrás de esa pulsión por ser despiadado con los débiles y manso con los fuertes, es una carencia intelectual, una pereza política, una falta de audacia, que el propio Milei exhibió en su corta, pero muy exitosa carrera política.

Esa audacia que le permitió navegar entre Massa, los bolsos de Insaurralde, Macri, los petroleros y los grandes medios, para llegar a una velocidad alucinante a la Presidencia, no la ejerce en el mapa grande de la política internacional, donde están en juego los intereses estratégicos de la Argentina.

Con un agravante, es obvio para cualquiera que quiera tomarse la molestia de mirarlo, que el mundo está abordando, por ahora de manera desordenada y peligrosa, el rediseño de ese orden mundial que emergió de Yalta y Bretton Woods. Milei que tiene una veneración muy fragmentada de la generación del 80, que le permite rescatar su liberalismo, pero soslaya sus enormes inversiones en obra pública y educación, también olvida esa vocación de actuar con voz propia en el escenario global. Una cosa es ubicarse en Occidente, otra muy distinta la sumisión olfa.

Una miopía que le impide ver el valor de la bravura de los soldados argentinos en el conflicto del Atlántico, no de los cobardes jefes de la junta militar, sino de los soldados, pilotos y marinos, que se la jugaron entera, como bien retrató nada menos que el general Julian Thompson, que comandó las operaciones en el terreno del ejército inglés, en ese libro extraordinario que fue «No Pic Nic». Un elogio a la bravura argentina, que cuando hace rato que tiene el partido perdido, sigue peleando.

Por eso, no es casualidad la línea que une las Malvinas, Maradona, la Scaloneta, Messi y esa rebeldía tan argentina, que espera y baja la cabeza, pero en realidad, está buscando el hueco para volver a encarar. Como tampoco es casualidad que Milei se haya sentido tan incómodo con un acto político corajudo, rebelde, que podría haber elegido destacar.

 

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