Quien no propone, administra la derrota
Más allá de la discusión técnica referida a la reciente aprobación por parte del Senado de la ley de reforma laboral, lo que expresa es un corrimiento del eje cultural y político: la instalación de una agenda que redefine derechos históricos como si fueran obstáculos y no conquistas sociales. Esa agenda, hace pocos años, hubiera sido impensable con ese nivel de consenso político.
- Opiniones
- Por Matías Beccacece - Licenciado en Ciencia Política
- Feb 18, 2026
El campo nacional atraviesa hoy una dificultad que es más profunda que una crisis coyuntural. Lo que está en juego no es solamente la pérdida de poder institucional, sino algo más esencial: la capacidad de imaginar y de proyectar un futuro mejor que el presente. Cuando un espacio político pierde esa facultad estratégica, queda atrapado en la administración del pasado o en la reacción permanente frente a la agenda de otros, resignando iniciativa, sentido y dirección histórica.
La construcción de expectativas que guiaban el sentido de la política, de movilidad social, ampliación de derechos, desarrollo productivo e integración, hoy aparece debilitada, fragmentada, muchas veces a la defensiva.
La irrupción y consolidación de Javier Milei no es un fenómeno pasajero ni electoral, es el resultado de haber pateado el hormiguero y alterado las reglas de juego. Su emergencia modificó los códigos, los lenguajes y los canales tradicionales de comunicarse, dejando en evidencia que el manual para instalar un candidato, construir identidad propia y fijar agenda de gobierno, ya no es el mismo. A diferencia de las estructuras tradicionales clásicas y de las estructuras partidarias convencionales, este liderazgo se consolidó bajo una lógica distinta: comunicación directa, ruptura permanente, narrativa simple y confrontativa, uso intensivo de redes y construcción del sentido común desde afuera del sistema político.
Más allá de las interpretaciones que puedan hacerse del caso, el método fue eficaz para interpretar un clima social de hartazgo y desconfianza. Y esa eficacia no se agota en lo comunicacional, se traduce en poder concreto y en consecuencias materiales.
La media sanción en el Senado de la ley de modernización laboral es una muestra elocuente. La reforma avanza en flexibilizar condiciones de contratación, debilitar mecanismos de protección frente al despido y reducir herramientas de acción colectiva. En términos simples: le quita derechos a los trabajadores y limita su capacidad de organizarse y pelear por ellos, desplazando el equilibrio de fuerzas hacia el empleador bajo la promesa de mayor competitividad.
Más allá de la discusión técnica, lo que expresa es un corrimiento del eje cultural y político: la instalación de una agenda que redefine derechos históricos como si fueran obstáculos y no conquistas sociales. Esa agenda, hace pocos años, hubiera sido impensable con ese nivel de consenso político.
La trampa de la resistencia
La enseñanza es incómoda pero clara: el método cambió y produce resultados. Si se buscan resultados distintos, hay que actuar con métodos distintos. El campo nacional no puede permitirse el lujo de ser un mero espectador que reacciona a iniciativas ajenas; discutir siempre en el terreno del otro es aceptar una derrota cultural previa. Resistir no es lo mismo que proponer.
Salir de esta trampa requiere recuperar la discusión estratégica sobre el modelo de país para las próximas décadas. Reconstruir no implica volver atrás, implica actualizar e innovar. La relación entre ciudadanía y la dirigencia se ha vuelto más emocional y volátil. Las identidades políticas ya no se heredan, se disputan día a día.
Esto exige la conformación de espacios de construcción con aquellas personas que tengan la capacidad de sostener una distinción simple pero potente: aquello entre lo que está bien y está mal.
El campo nacional debe demostrar que existe una alternativa viable al ajuste permanente, basada en la producción, la educación y el desarrollo federal. Pero esta alternativa no puede sostenerse en consignas nostálgicas; necesita un programa serio, nuevos liderazgos y una audacia renovada.
La sociedad ya demostró que está dispuesta a romper con lo conocido cuando lo conocido deja de ofrecer respuestas. Por eso, la pregunta relevante no es cómo regresar al pasado, sino cómo construir algo superador. Después del hormiguero, las viejas certezas son insuficientes, pero en esa misma incomodidad reside la oportunidad de repensar no sólo qué defendemos, sino cómo lo construimos. Al final del día, la esperanza no se declama: se organiza.
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