Empresas bajo presión: crece la morosidad y el crédito se encarece, mientras las firmas familiares enfrentan el desafío de la sucesión
La mora empresarial alcanzó el 3,1% del crédito en marzo de 2026, frente al 0,9% de un año antes, mientras el 62,8% de las PyMEs no accedió a financiamiento durante 2025. A las dificultades financieras se suma, para las empresas familiares, el desafío de garantizar la continuidad del negocio entre generaciones.
- Economía
- Ago 19, 2026
Sostener una empresa en la Argentina no depende solamente de cuánto vende. El acceso al financiamiento, la capacidad de cumplir con las obligaciones y la posibilidad de atravesar períodos de menor liquidez se volvieron factores centrales para mantener la actividad, invertir y crecer. En 2026, ese escenario incorpora además una pregunta de largo plazo para las empresas familiares: cómo asegurar la continuidad del negocio cuando llegue el momento del recambio generacional.
Los problemas de financiamiento alcanzan a empresas de distintos tamaños, aunque su impacto varía según la estructura y el acceso que cada compañía tenga al sistema financiero. En este contexto, los indicadores de crédito permiten dimensionar parte de las dificultades que atraviesan las firmas argentinas.
Según el Indicador de Competitividad y Acceso al Financiamiento (ICAF) 2026 de la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (CAME), el 62,8% de las PyMEs no accedió a financiamiento durante 2025. El dato refleja las dificultades para incorporar el crédito como una herramienta destinada a invertir, cubrir necesidades de capital de trabajo o afrontar períodos de mayor exigencia financiera.
La situación se deterioró entre las empresas que sí utilizan crédito. De acuerdo con la Gerencia de Estudios Económicos de Banco Provincia, en enero de 2026 el 12,5% de las firmas con financiamiento registraba atrasos superiores a 90 días en sus pagos, es decir, una de cada ocho empresas. El porcentaje aumentó 2,6 puntos porcentuales respecto de enero de 2025.
Los datos del Banco Central de la República Argentina (BCRA) muestran una evolución similar. En marzo de 2026, la mora empresarial alcanzó el 3,1% del crédito, frente al 0,9% registrado un año antes.
Un informe del Instituto Argentina Grande, elaborado sobre la base de información del Centro de Estudios para el Desarrollo Empresarial y Urbano (CENDEU) y el BCRA, señaló que los mayores niveles de morosidad se concentraron en los préstamos con garantía hipotecaria, con el 5,4%, seguidos por los prendarios, con 4,2%; los adelantos, con 3,2%; y los documentos, con 2,7%.
El deterioro también se observa en la cantidad de empresas clasificadas en situación 5, categoría que reúne a los denominados deudores irrecuperables, aquellos que acumulan más de un año de atraso en al menos una línea de crédito. En marzo de 2026 había 21.948 empresas en esa condición, equivalentes al 7,7% del total de firmas deudoras. En un año, la cantidad aumentó 65%.
La importancia de este dato no radica solamente en el volumen de dinero que queda impago. Una empresa con dificultades para cumplir sus obligaciones también puede enfrentar mayores obstáculos para acceder a nuevos recursos, postergar inversiones y reducir sus posibilidades de crecimiento.
Además, la situación presenta fuertes diferencias territoriales. La Rioja registró una tasa de morosidad empresarial del 13,2%, seguida por Santiago del Estero, con 12,3%, y Chubut, con 9,2%. En el extremo opuesto se ubicaron Jujuy, con 0,5%; Tierra del Fuego, con 0,8%; y CABA y Santa Cruz, ambas con 1,4%.
El escenario combina así dos problemas: por un lado, una parte importante de las MiPyMEs no logra acceder al financiamiento; por otro, entre las empresas que sí utilizan crédito aumentaron los atrasos y los indicadores de riesgo. La combinación reduce el margen disponible para invertir, expandirse o atravesar períodos de menor actividad.
El desafío de las empresas familiares
Para las empresas familiares, las dificultades financieras representan solo una parte del desafío. Estas compañías deben resolver, además, quién continuará al frente del negocio cuando llegue el momento del recambio generacional.
Según información del Instituto Argentino de la Empresa Familiar (IADEF), las empresas familiares representan alrededor del 80% del entramado productivo argentino, generan cerca del 70% del empleo privado y aportan aproximadamente el 60% del PBI nacional.
Su peso económico explica por qué las decisiones relacionadas con su continuidad no afectan únicamente a las familias propietarias. También tienen consecuencias sobre el empleo, la inversión y la actividad económica.
Hablar de empresas familiares tampoco significa referirse exclusivamente a pequeños comercios o emprendimientos. Una empresa puede alcanzar una estructura importante y continuar siendo familiar si la propiedad, la conducción o las decisiones estratégicas permanecen vinculadas con una familia.
El problema aparece cuando la organización depende demasiado de una persona y no cuenta con una estructura preparada para funcionar cuando esa figura deje de estar al frente. En esos casos, la sucesión deja de ser una cuestión que pueda resolverse en el momento del retiro y se convierte en una decisión estratégica.
Un relevamiento de Insight 21, think tank de la Universidad Siglo 21, realizado sobre 400 empresas familiares argentinas, mostró que el 59,5% no tiene definido cómo será el traspaso generacional. El estudio analizó aspectos vinculados con gobernanza, sucesión, conflictos, formación de futuros líderes, participación de familiares y cuestiones patrimoniales.
El recambio generacional
La dificultad aparece con mayor claridad al observar la continuidad de las empresas entre generaciones. Cerca del 70% de las empresas familiares no supera la primera generación. Entre las compañías relevadas, el 54,7% se encuentra en manos de la segunda generación, mientras que solo el 13% llega a la tercera y apenas el 1,9% alcanza la cuarta.
Por eso, el desafío no consiste únicamente en encontrar quién ocupará el lugar del fundador. También implica establecer reglas, distribuir responsabilidades y construir sistemas de gestión que permitan que la empresa funcione aunque la conducción ya no dependa de una sola persona.
En este punto, la profesionalización se vuelve una herramienta central. Pablo Loyola, presidente del IADEF y director de Novarum, explicó a EconoJournal que para muchos fundadores la empresa termina siendo “casi un hijo más”, debido a la estrecha relación entre su identidad personal y el negocio.
Según el especialista, profesionalizar la gestión constituye un paso de madurez para las compañías que buscan crecer. La intuición y la experiencia pueden ser suficientes en las primeras etapas, pero pierden capacidad de respuesta cuando aumenta la escala. En ese momento, resulta necesario contar con sistemas de gestión y tomar decisiones a partir de información.
Los datos del relevamiento muestran que todavía existe un amplio margen para avanzar. Apenas el 25,8% de las empresas familiares cuenta con un Consejo de Familia y el 61,4% posee un Consejo de Administración o Junta Directiva. En materia de conflictos, solo el 28,3% dispone de mecanismos formales para resolverlos.
Esto implica que una parte importante de las compañías todavía depende de acuerdos informales y de los vínculos personales para resolver cuestiones que pueden adquirir una complejidad creciente con el paso de las generaciones.
La sucesión tampoco debería entenderse únicamente como una transferencia de bienes. En las empresas familiares también se transmiten valores, identidad, cultura, propósito y formas de entender el negocio. El recambio implica, por lo tanto, transferir liderazgo, visión y cultura, además del patrimonio.
A las dificultades financieras y de gestión se suma un factor que durante mucho tiempo estuvo fuera de las discusiones empresariales: la transformación demográfica de la Argentina.
Durante décadas, muchas empresas familiares pudieron proyectar su continuidad bajo una premisa relativamente sencilla: alguno de los hijos se incorporaría al negocio y eventualmente asumiría su conducción. Pero las nuevas generaciones son más pequeñas y la cantidad de nacimientos disminuyó de manera significativa.
En 2016 nacieron 728.035 bebés en Argentina. Seis años después, en 2022, fueron 495.295, una reducción del 32%. Al mismo tiempo, la tasa global de fecundidad llegó a 1,2 hijos por mujer, muy por debajo de los 2,1 considerados necesarios para el reemplazo poblacional.
El fenómeno no significa necesariamente que las nuevas generaciones hayan decidido no tener hijos. Una encuesta nacional sobre intenciones reproductivas realizada por UNFPA Argentina junto con Voices! mostró que el 57% de las personas de entre 18 y 45 años todavía no había alcanzado la cantidad de hijos que desearía tener si no existieran limitaciones.
Entre los principales obstáculos aparecen las restricciones económicas y vinculadas con los cuidados. El estudio señala que estas condiciones explican el 62% de los casos en los que las personas tuvieron menos hijos de los que deseaban. Dentro de ese grupo, el 47% mencionó las limitaciones financieras, el 29% la inseguridad laboral y el 27% las dificultades para acceder a una vivienda.
La transformación demográfica no permite afirmar por sí sola que las empresas familiares tendrán necesariamente mayores dificultades para encontrar sucesores. Sin embargo, sí modifica el escenario en el que deberán planificar su futuro.
Una familia más pequeña reduce el universo potencial de descendientes que podrían incorporarse al negocio. Además, incluso cuando existen hijos u otros familiares, no necesariamente desean continuar con la empresa o desarrollar allí su actividad profesional.
La pregunta cambia entonces de dimensión. Ya no alcanza con pensar quién será el próximo integrante de la familia que ocupará el lugar del fundador. Además, es necesario definir qué ocurrirá si ningún descendiente quiere asumir la conducción, si sus intereses profesionales son diferentes o si la estructura familiar ya no permite garantizar un reemplazo.
Para las empresas argentinas, el desafío combina así dos horizontes. En el corto plazo, aparecen las dificultades para acceder al financiamiento, cumplir con las obligaciones y sostener la actividad en un contexto de mayor morosidad. En el largo plazo, las empresas familiares deben resolver cómo preservar el negocio, su identidad y su capacidad de gestión cuando llegue el recambio generacional.

