DOMINGO, 16 DE AGO.

Historias al plato: «¡Chocolate por la noticia!»

El chocolate ocupaba el espacio del café en la actualidad. Era el desayuno, la infusión tras el almuerzo y la bebida de las tertulias, junto al mate. Por ese motivo en la vajilla de las principales casas siempre estaba la “chocolatera”.

 

Esta expresión es una popular frase, con manifiesta carga de ironía, que se utiliza para responder a alguien que cuenta algo como si se tratara de una gran una novedad, cuando en realidad es un hecho sabido y conocido por todos. A través del tiempo, se popularizó adoptada por el habla cotidiana para burlarse de una pretendida primicia que llega tardíamente.

Se cree que nació en nuestro país cuando familias adineradas premiaban con una taza de chocolate caliente a los mensajeros que traían buenas noticias y alegres novedades.

De ahí el origen del sentimiento placentero que nos procura una taza de chocolate caliente, sobre todo en tiempos fríos como los que solemos atravesar los argentinos en determinadas épocas del año. Aunque no es despreciable la sensación agradable que nos proporciona el consumo de un fresca chocolatada en tiempos de verano.

Partiendo entonces de la condición de gratificación que conlleva el consumo de este noble producto es que vamos a abordar una somera aproximación a sus orígenes, su etimología y sus características más notables que lo ubican dentro de nuestras mejores preferencias.

El chocolate se conoció hace más de 3.000 años en Mesoamérica. Las culturas mayas, olmecas y aztecas lo utilizaban en sus rituales y ceremonias religiosas. Preparaban el cacao como una bebida amarga y espumosa con agua, maíz.

Los aztecas lo llamaban xocolatl, cuyo significado es agua amarga.

Los granos de cacao servían como moneda y también como comida reservada para reyes.

Los españoles, durante la conquista, llevaron el grano a Europa en el siglo XVI y le añadieron la incorporación de azúcar.

Hasta la llegada de los españoles el “xocolatl” era una bebida fría especialmente preparada para los “tlatoanis” (clases altas y elites). Esta bebida tenía mucho simbolismo y no podía ser consumida por el pueblo a menos que fuese en ocasiones especiales o festividades.

Los españoles le agregaron el azúcar, el “xocoatl” fue modificado ya que, además del azúcar se le agregó canela procurando hacerlo más apetitoso para los paladares tanto europeos como los americanos y se empezó a tomar en caliente. La nueva bebida podía ser consumida por todo el pueblo ya que los españoles quitaron las prohibiciones prehispánicas. Con ello se consiguió que la nueva bebida se convirtiera en un alimento de primera necesidad, porque además de su exquisito sabor y su aportación nutricional, ayudaba a la gente con todo tipo de problemas médicos y de malos humores. Se puede afirmar inequívocamente, que el chocolate se convirtió en una adicción de los pueblos mesoamericanos, en especial entre los paladares femeninos.

El chocolate de los aztecas observaba notables diferencias con el que terminaría universalizándose. Ellos lo tomaban frío, amargo, a veces sazonado con pimientos y mezclado con agua. Aclaremos que los mayas también lo bebían, pero con una particularidad: el primero de la mañana bien caliente, mientras que en el resto del día lo tomaban frío.

Lo cierto es que el brebaje estaba por entonces, muy lejos de satisfacer el gusto de los europeos, que por otra parte habían adoptado la costumbre de endulzar todo. A pesar de su sabor amargo, el chocolate entró a España y recibió ponderaciones por ciertas propiedades medicinales, como ayudar a los estómagos débiles, favoreciendo la digestión y por ser nutritivo. Precisamente por tratarse de un remedio, se entendía que su sabor no fuera agradable.

En España, el chocolate se tomaba caliente, demasiado espeso y muy dulce, acompañado de pan, bizcochos o pasteles que se embebían en el pesado líquido. De esta costumbre derivó la acción inversa: el baño de chocolate. Con esas novedades, regresó a América.

Así llegamos, entre nosotros, a que nadie debía sorprender que en vísperas de la Revolución de Mayo, el chocolate caliente fuera moneda corriente. En el virreinato del Río de la Plata el chocolate pasó a ser un integrante fundamental de la dieta cotidiana. Los cafés de antaño despachaban tanto o más chocolate que la mismísima infusión que les daba su nombre. En estos negocios se consumía a la manera española. Muy dulce y espeso, Se servía en un vaso acompañado de una tostada con manteca. La costumbre era introducirla en el vaso para terminar comiendo el pan bañado en chocolate.

El chocolate ocupaba el espacio del café en la actualidad. Era el desayuno, la infusión tras el almuerzo y la bebida de las tertulias, junto al mate. Por ese motivo en la vajilla de las principales casas siempre estaba la “chocolatera”.

Y es aquí donde irrumpe el aliado tradicional del chocolate: el churro. Que si bien reconoce también un origen español, afianzó su presencia, entre nosotros, como acompañante indispensable de un buen chocolate caliente. Los churros que se comen en España suelen tener forma de herradura, mientras que en Argentina se consumen rectos, que en rigor se llaman “porras”. Ocasionalmente estos churros, o porras, se rellenan con dulce de leche o crema pastelera y por lo general se espolvorean con azúcar.

En rigor de verdad habría que decir que “el chocolate con churros” se creó en España combinando elementos de distintas procedencias (los churros tienen antecedentes en masas fritas de China, como el “youtiao”), adaptadas por pastores españoles.

Hay reconocidas voces en materia de historia de los alimentos que afirman que el chocolate también adquirió simbolismo dentro de la sociedad. Cuando alguien era invitado a casa de otra persona, el anfitrión siempre le ofrecía chocolate y era de mala educación que el invitado no aceptara el convite.

Hoy en día tomar una taza de chocolate caliente con churros es casi una excentricidad, algo poco usual. Sin embargo existen entre nosotros connotados comercios que lo sirven, conforme todas las reglas del arte y que ayudan a sostener esta exquisita costumbre nacional y popular, para la que hacemos votos de permanencia y perdurabilidad. De nosotros depende.

¡Salute compañeros!

 

LA YAPA

El historiador, periodista e investigador Daniel Balmaceda, autor de “La comida en la historia argentina”, cuenta que “el 25 de mayo de 1826, en plena guerra con Brasil, el Almirante Brown, que comandaba una fuerza heterogénea, de varios países, hizo un llamado al patriotismo de propios y extranjeros y ofreció un chocolate caliente a sus hombres, costumbre que se mantuvo en la fuerza naval y se convirtió en tradición, no solo de la marina sino que se extendió al ejército.

También nos refiere: El chocolate criollo es menos espeso que el que se suele tomar en España, precisamente en un ámbito donde está tan arraigado el hábito de tomar chocolate en invierno que, hace unos siglos los teólogos tuvieron que pedir una dispensa al Papa para que excluyese la bebida de las normas del ayuno, de lo contrario toda la población de Madrid incurriría en pecado. “Liquidum nom rumpit jenjenium” rezaba la susodicha bula: “El líquido no rompe el ayuno”.

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