Historias al plato: “La soda, símbolo efervescente del alma argentina”
La soda forma parte de nuestra cultura, constituye un verdadero emblema de las mesas argentinas. Ya no es solamente una bebida; constituye un ícono de nuestra argentinidad que trasciende generaciones. La soda es mucho más de lo que aparenta ser. Es identidad pura. En nuestros hogares, para todas las clases sociales, para todas las […]
- Gastronomía y algo mas
- Por Daniel Castellanos
- Oct 17, 2026
La soda forma parte de nuestra cultura, constituye un verdadero emblema de las mesas argentinas. Ya no es solamente una bebida; constituye un ícono de nuestra argentinidad que trasciende generaciones.
La soda es mucho más de lo que aparenta ser. Es identidad pura. En nuestros hogares, para todas las clases sociales, para todas las geografías, para todos los momentos de mesa compartida, en los bares de esquina, en los asados, siempre aparece como acompañante silenciosa del ritual criollo de hospitalidad.
Su presencia, desde su primera aparición en nuestras mesas hace que la soda se erija como una postal viva de la memoria barrial, una “burbuja” detenida en el tiempo que sigue chispeando en nuestras comidas familiares como en los servicios de los bares con mostrador de estaño.
La historia de la soda no es para nosotros, simplemente la crónica de la evolución de una bebida con gas.
Es preciso entonces, conocer algunas nociones sobre su creación, su desarrollo evolutivo a través del tiempo, su resistencia a ser considerada inicialmente como una pócima medicinal hasta llegar a ser lo que verdaderamente es: un emblema entre las bebidas que protagonizan y conforman el escenario gastronómico nacional.
La historia de la soda comienza a partir de su hallazgo en las fuentes hidrominerales, de manera natural, en lo que comúnmente llamamos manantiales. Hay que reconocer que contribuye inicialmente a su popularización, en la Europa del siglo XVIII, la obsesión de la nobleza por los beneficios saludables de los baños en manantiales. De ahí derivó la costumbre de la gente, para la salud humana, de beber el agua mineralizada de ese origen como remedio para distintas afecciones de estómago o ante las más variadas enfermedades, como el escorbuto, tan presente en los viajes de la época, sobre todo en las prolongadas navegaciones que se realizaban.
Las dificultades que encontró esta aplicación, utilizando términos muy en la superficie de nuestro tiempo, eran la imposibilidad de embotellar y transportar el producto “medicinal”.
Y es entonces cuando hace su aparición el doctor Joseph Priestley, quien a sus recientes 35 años consigue la solución al problema inventando la producción artificial del agua carbonatada allá por 1767. Faltaba resolver la cuestión del envasado y la producción a escala industrial. Fue entonces que irrumpe en nuestra historia, otro científico, el químico Torbem Bergman quien fabricó una máquina que producía agua carbonatada a partir de sulfato de calcio y ácido sulfúrico, facilitando la resolución de aquella necesidad de embotellar y producir en masa agua gaseosa.
Vinieron después otros adelantos, como los generados por M. Févrey que consistían en el agregado, al agua bebible, de sus famosos polvos que obtenían como resultado una agradable y refrescante bebida.
Con los inmigrantes europeos llegó a la Argentina, transformándose en un símbolo cultural profundo, consolidando a nuestro país como uno de los mayores consumidores del mundo.
En la actualidad, oponiéndose a las fuerzas de los generales enemigos que conducen las tropas de las aguas saborizadas y gaseosas con nombres rimbombantes, el ejército valeroso de las sodas resiste como un emblema de valor y entereza, con su reconocida vitalidad y vigor, los embates foráneos con que es atacado.
Y no nos olvidemos del uniforme que desde siempre visten nuestras sodas: el sifón. Nuestra bebida encontró en él su envase más noble. Cilíndrico, pesado, con pico de aluminio, de plástico, con coraza metálica o de materiales artificiales, constituyéndose en objetos de culto. Resistiéndose también ellos, en desigualdad de condiciones, con asimétricas capacidades de lucha al enfrentamiento con modernos sifones plásticos y ni hablar de las invasoras y avasalladoras botellas retornables. A pesar de todo ello, podemos decir que se sigue manteniendo el ritual emblemático de su consumo en las mesas argentinas.
Entre las décadas de 1930 y 1980, el sifón llegó a ser un elemento esencial en la mesa familiar de los argentinos, para acompañar las comidas, rebajar el vino y preparar aperitivos.
Habría que recordar, nobleza obliga, a aquel personaje que fue mucho más que un simple repartidor. Figura con alcances casi mitológicos en nuestras costumbres nacionales. El “Sodero”. Aquel que a pesar de todo, aún sigue llegando a nuestras casas. Con paciencia de monje, con la fuerza de un toro para levantar y trasladar el manojo de sifones, los cajones, saludando a todos, conociendo las vicisitudes de los vecinos, consejero improvisado y en ocasiones galán intermitente. El reparto domiciliario de soda creó un fuerte vínculo de confianza entre el sodero y el vecino, transformando ese intercambio rutinario de envases en un verdadero ritual de barrio.
La omnipresente soda no solo aparece en un nuestras comidas, también lo hace en la literatura, en el cine, marcando momentos, escenas, definiendo personajes, desde Sábato hasta Talesnik, configurando un telón de fondo emocional. En “Esperando la carroza” hasta “Luna de Avellaneda”, la soda hace presencia como queriendo significar “esto es Argentina”.
Y no quiero dejar de mencionar la percepción que de la soda tuvo el célebre cocinero argentino, el Gato Dumas, que de esto algo sabía, defendiendo la libertad de cada mesa, quitándole solemnidad a las reglas estrictas de los comportamientos en la elección de nuestros paladares, sosteniendo que a partir de ese mandato, “la bebida nacional es el vino con soda y hielo”.
Y quién no dijo alguna vez, procurando acercar templanza y serenidad, ¡Tomátelo con soda!
¡Salute compañeros!

