Historias al plato: ¡Se viene la hesperidina!
El nombre resulta de la evocación a una mítica leyenda griega que narraba la admiración que a los navegantes les producía la observación desde sus embarcaciones de unas misteriosas manzanas doradas, en las costas del Mediterráneo, a la altura de lo que hoy sería Cataluña.
- Gastronomía y algo mas
- Por Daniel Castellanos
- Nov 8, 2025
Una historia que merece ser conocida. La que inevitablemente podría modificar lo de “historias al plato”, por lo menos para esta ocasión como “historias al vaso”.
Por el año 1864, las calles de Buenos Aires exponían en sus cordones misteriosas pintadas con la palabra “Hesperidina”. También se exhibían carteles que comunicaban un extraño mensaje: “Se viene la Hesperidina”. En el por entonces popular diario La Tribuna, mediante avisos enigmáticos se anunciaba la llegada de una nueva bebida. La verdad fue revelada con una publicidad en el mencionado periódico el 24 de diciembre de 1864. En el texto gráfico se informaba sobre los beneficios que el “bitter estomacal” aportaba a la salud del consumidor – para contrarrestar cólicos, dispepsia, indigestión, ataques nerviosos y dolores de cabeza, entre otros padecimientos – y se promocionaban los lugares donde se podía adquirir el “milagroso elixir”.
Melvil Sewel Bagley, oriundo de la ciudad norteamericana de Bangor, Maine, contaba tan solo con 24 años cuando arribó a nuestro país en 1862. Con algunos conocimientos de farmacología básica consiguió rápidamente empleo en la droguería La Estrella de los hermanos Demarchi, una de las clásicas de la ciudad, ganándose la confianza de sus dueños en mérito a su desempeño. Rápidamente aprendió el idioma y encontró un nicho donde desarrollar su potencial. Luego de dos años de servicios intachables, asociado a sus patrones, Bagley ideó el primer producto de la compañía: la Hesperidina, una bebida estimulante y con propiedades curativas.
El nombre resulta de la evocación a una mítica leyenda griega que narraba la admiración que a los navegantes les producía la observación desde sus embarcaciones de unas misteriosas manzanas doradas, en las costas del Mediterráneo, a la altura de lo que hoy sería Cataluña. Se llamó a esa región como “El Jardín de las Hespérides” en razón de que esos codiciados frutos estaban custodiados por ninfas guerreras denominadas Hespérides. Aquellas manzanas doradas no eran otra cosa que naranjas, frutos desconocidos hasta entonces por los griegos.
Bagley empezó a producir su tónico en 1864, a partir de una fórmula que incluía, además de cáscaras de naranjas amargas, agua de azahar, manzanilla y otras hierbas importadas. De propias manifestaciones del autor del elixir, se desprende que aplicó una combinación del recuerdo de una receta de su propia abuela para elaborar dulce de naranjas amargas y la formulación del “bitter orange” (naranjas amargas) del doctor Samuel Cooley. Sin duda el brebaje argentino contó con la incorporación de adaptaciones locales.
De la insalvable asociación entre naranjas y Hespérides, más la utilización del sufijo “ina” que en farmacología designa históricamente sustancias químicas extraídas de plantas y vegetales en general, podemos concluir sobre la acertada expresión para bautizar la bebida como “Hesperidina”.
El éxito de este brebaje sanador fue inmediato. Influyeron para ello las propiedades verdaderamente curativas de las naranjas y el cautivante sabor que los paladares argentinos apreciaron desde el inicio; complementándose todo ello con otros factores que la genialidad de Bagley aportó a la hasta entonces incipiente actividad publicitaria: la introducción en la campaña para el lanzamiento de su producto de la generación del inusual interés despertado a base de la intriga.
En las etiquetas de las primeras botellas, similares a las de ginebra se leía: “Estimula y entona el sistema nervioso, promueve las saludables secreciones del cuerpo” y “Es un licor exquisito de mesa para disponer el apetito y facilitar la digestión de los alimentos”.
A poco del lanzamiento Bagley se vio obligado a rediseñar la botella, para cubrirse de la aparición de burdas falsificaciones. Coincidió esta decisión con la llegada al país de la familia suiza de León Rigolleau que estableció una de las primeras cristalerías entre nosotros. Fue entonces cuando se adoptó la forma clásica de barrilito corrugado causando sensación. En 1866 se debió acudir a la justicia en más de una oportunidad para denunciar la aparición de imitadores. Esto no alcanzó. Debió encargarse la impresión de las etiquetas al Bank Note Company de New York, entidad donde se imprimían los dólares estadounidenses. Y eso no concluye aquí. En 1876, después de haber reclamado la participación de sucesivos gobiernos nacionales, consiguió la atención del presidente Nicolás Avellaneda para crear la Oficina Nacional de Patentes de Invención. El primer registro, del 27 de octubre de ese año correspondió a la Hesperidina de Bagley. El acta número uno fue para este licor, lo que hace que se constituya como la primera bebida de identidad nacional. La bebida es un ícono argentino que ha estado presente en la historia, la cultura del país, apareciendo incluso en obras de Julio Cortázar, autoreconocido como ferviente degustador de ella; está incluída en tres de sus cuentos: “Casa tomada”, “Tía en apuros” y “Circe”. También aparece en la obra literaria de Juan Carlos Casas “Fraile muerto” y en el cuento “Perdido” de Haroldo Conti. El destacado cantor de tangos Roberto “Polaco” Goyeneche la elegía como su bebida favorita y la saboreaba en la mítica barra del bar “La Sirena” de su entrañable barrio Saavedra de la ciudad de Buenos Aires. Incluso hay un tango que lleva por título “Hesperidina, tango de moda” compuesto por Raúl Nirvassed en 1915; ello dio lugar simultáneamente a la adopción de esta pieza musical como uno de los primeros jingles publicitarios que se conocen.
Hay, también apariciones de la misma en almanaques de Molina Campos.
Cabe agregar que entre los reconocidos cultores de la ingesta de este licor se encontraba el célebre Francisco Pascasio Moreno, nuestro Perito Moreno, que llevaba siempre a sus excursiones patagónicas una provisión de Hesperidina para atenuar la rudeza del clima austral.
Con un siglo y medio de historia sobre sus espaldas, no le ha sido fácil permanecer entonces en góndolas y barras. Con constantes cambios de firmas productoras, ya la marca no pertenece a la familia original. A pesar de los discontinuos períodos de elaboración y comercialización, conforme las necesidades comerciales de sus productores, felizmente podemos decir que sigue entre nosotros, aunque con menor difusión, manteniendo su calidad y sabor originales.
Tuvieron que pasar décadas para que empezara a promocionarse como “el gran aperitivo nacional”, y también para que se popularizara la forma de beberla como un “vermouth”. La fórmula para prepararla es Hesperidina y soda en proporción 30/70, hielo limón y a revolver. O, para quienes deseen una versión más fuerte, sustituir la soda por tónica en proporciones iguales, mitad por mitad.
El aperitivo que dio comienzo a todo se convirtió en el sello de los tragos con impronta y estirpe local. Los bartenders lo emplearon para sus célebres creaciones. Personalmente me quedo con la ancestral preparación de los bares y bodegonees locales donde todavía, afortunadamente se puede encontrar: En una copa o vaso “vermutero”, un dedo (horizontal) de Hesperidina, como podría procederse con otros “amaros”, un chorro de soda para generar “cuello” de espuma, una vez despejada la efervescencia, servir el vermouth predilecto, y opcionalmente hielo y soda hasta completar el vaso. ¡Salute!
Aquel tónico medicinal que empezó a venderse en las boticas y droguerías cuando Buenos Aires contaba con no más de 150.000 habitantes, llegando después a los bares, bodegones, pulperías, confiterías, almacenes de nuestro país y países limítrofes como bebida estimulante con propiedades curativas, aceptada por millones de paladares agradecidos, sigue gozando de buena salud y presencia en las góndolas en que gallardamente se exhiben esos pintorescos “barrilitos”.
LA HESPERIDINA Y SU PRESENCIA EN NUESTRA HISTORIA
Una inesperada ayuda que nuestra bebida recibió en su faz inicial para posibilitar la multiplicación de su difusión popular fue un hecho funesto acaecido durante la cruenta y tristemente célebre Guerra del Paraguay. Los oficiales argentinos advirtieron una gran cantidad de bajas debidas al paludismo y la malaria. Los remedios aportados por los médicos no lograban detener los contagios. Sin embargo la solución estaba cerca y a su fácil alcance. Los soldados que masticaban cáscaras de naranjas amargas como una golosina no contraían paludismo. Lo mismo acontecía con todos aquellos que saciaban el hambre cotidiana con esa fruta. Se recomendó entonces que todos se proveyeran de los miles de naranjos que de manera profusa crecían naturalmente. ¿El tratamiento puso fin al problema? No en forma completa, pero el descenso de casos de malaria y consecuentemente la disminución del número de bajas resultó notablemente inferior.
Y para cerrar, nada más apropiado que apelar a la mención de la consagrada expresión que acuñara oportunamente el reconocido experto en ceremonial, en maridajes, exquisito degustador de bebidas, y caracterizado amante de los sabores, Sabatino Arias, con copa en mano, proclamar: “¡Y QUE VUELEN LOS ÁNGELES!”.

