A 59 años de la Noche de los Bastones Largos: la represión brutal que intentó aplastar la universidad pública
El 29 de julio de 1966, la dictadura de Onganía reprimió con violencia a la comunidad universitaria que defendía la autonomía académica. El saldo dejó a cientos de heridos, detenidos y la mayor fuga de cerebros de la historia argentina.
- Info general
- Jul 29, 2025
Hace 59 años la Universidad de Buenos Aires fue escenario de una de las noches más oscuras de su historia. El 29 de julio de 1966, a tan solo un mes del golpe que derrocó al presidente Arturo Illia, la dictadura militar encabezada por el general Juan Carlos Onganía intervino las universidades nacionales y ordenó una represión brutal contra docentes, estudiantes y autoridades que resistían la pérdida de la autonomía universitaria. La policía ingresó a bastonazos en cinco facultades de la UBA, dejando más de 300 heridos y 400 detenidos. Esta violenta ofensiva, conocida como La Noche de los Bastones Largos, desató un éxodo masivo de científicos e intelectuales, cuyas consecuencias aún resuenan en la historia del país.
La represión de esa noche marcó no solo el fin de una etapa de esplendor académico en la UBA, sino también el comienzo de un proceso de vaciamiento intelectual sin precedentes. El ataque tuvo como blanco central la autonomía universitaria, un principio consagrado desde la Reforma de 1918, y buscó disciplinar a un ámbito percibido como peligroso por el régimen. Para Onganía, las universidades, y en particular la UBA eran espacios de resistencia, incubadoras de pensamiento crítico y «semilleros de subversión».
Como respuesta a la intervención, miles de miembros de la comunidad académica renunciaron a sus cargos. En total, se registraron 1.378 renuncias en apenas una semana, muchas de ellas de figuras clave del desarrollo científico nacional. Algunos lograron reubicarse en universidades extranjeras, donde continuaron brillando, mientras que la Argentina sufría una sangría intelectual difícil de revertir.

Una imagen, capturada aquella noche frente a la Facultad de Ciencias Exactas, se transformó en ícono del autoritarismo, docentes y estudiantes saliendo con las manos en alto, entre dos hileras de policías armados con bastones, apaleados como criminales por defender el derecho a pensar libremente. Uno de ellos, el matemático Manuel Sadosky quien era vicedecano en ese momento, relató años después cómo un simple sombrero le amortiguó los golpes en la cabeza. Sin embargo, al mirarse en un espejo en la comisaría, descubrió su rostro ensangrentado.
La represión también alcanzó a otras facultades, como Filosofía y Letras, donde el joven Horacio González fue brutalmente golpeado. Estas imágenes de brutalidad circularon por el mundo, generando un repudio internacional. Warren Ambrose, profesor estadounidense presente en la Facultad de Exactas, relató su experiencia en una carta al New York Times, contribuyendo a visibilizar la violencia del régimen militar argentino.

Las consecuencias de la Noche de los Bastones Largos fueron devastadoras. La Universidad perdió a buena parte de sus mejores docentes e investigadores. El Instituto de Cálculo quedó paralizado, y la emblemática computadora Clementina, pionera en América Latina, dejó de funcionar por falta de técnicos y presupuesto. Fue el fin de un proyecto científico nacional ambicioso, que había comenzado a proyectarse al mundo.
Al mismo tiempo, la comunidad académica aprendió a resistir. A lo largo de las décadas, enfrentó nuevas oleadas de persecución o desfinanciamiento, pero también supo reconstruirse. La enseñanza pública, gratuita y de calidad ha logrado mantenerse como uno de los pilares del sistema educativo argentino, aún amenazada por intereses que intentan debilitarla.
A pesar de los años, cada golpe al sistema científico y universitario repercute profundamente, y el esfuerzo por reconstruir lo perdido nunca es inmediato. Por eso, recordar lo que ocurrió el 29 de julio de 1966 no es solo un ejercicio de memoria, sino un compromiso con el presente y el futuro.

