Día del Trabajador: “El país sufrió seis golpes de Estado que buscaron desestructurar al movimiento obrero organizado”
El historiador rosarino Carlos Álvarez coordinó el libro “El 1º de mayo en la Argentina. Una visión federal a 140 años de los Mártires de Chicago”, en el que varios autores analizaron el impacto de esta fecha en las distintas regiones del país y el rol que tuvo para fundar el movimiento obrero organizado. “Es increíble que hoy desaparezca un derecho largamente conquistado como la jornada laboral de ocho horas”, apuntó.
- Info general
- Por Elisa Soldano
- May 1, 2026
El 1 de mayo de 1890 –cuatro años después de que operarios de la ciudad estadounidense de Chicago fueran ferozmente reprimidos, asesinados o encarcelados por iniciar una huelga y reclamar la reducción de la jornada laboral a ocho horas– Argentina conmemoró por primera vez el Día del Trabajador. Con el correr de los años esta fecha se fue propagando por el país, aunque con diferencias marcadas según la región y las formas de producción: si bien no es lo mismo lo que ocurrió en Rosario o Buenos Aires que en el Noroeste Argentino (NOA) o en la Patagonia, la efeméride fue uno de los hitos fundacionales del movimiento obrero nacional.
El los primeros días de mayo de 1886, los trabajadores de la fábrica McCormik, ubicada en Chicago, iniciaron una huelga: en medio de las protestas, explotó una bomba en la plaza Haymarket y la policía profundizó sus maniobras represivas, abriendo fuego contra los manifestantes. En el hecho murieron obreros y otros tantos resultaron heridos. Además, se condenó a muerte –pese a que su culpabilidad no fue probada– a cinco operarios (August Spies, Albert Parsons, Adolph Fischer, George Engel y Louis Lingg), mientras que otros tres (Samuel Fielden, Michael Schwab y Oscar Neebe) fueron sentenciados a prisión perpetua.
El historiador por la Universidad Nacional de Rosario (UNR) y becario doctoral del Conicet, Carlos Álvarez, coordinó –junto a Diego Ceruso– la publicación de un libro llamado “El 1º de mayo en la Argentina. Una visión federal a 140 años de los Mártires de Chicago”, en donde siete autores analizaron el impacto que esta fecha tuvo en el país: él se abocó a Rosario; Gonzalo Pérez Álvarez y Nicolás Gómez Baeza trabajaron sobre la Patagonia –tanto del lado argentino como chileno–; Ayelén Burgstaller exploró lo ocurrido en el norte del país; Mariana Pereyra se abocó a los rituales de trabajo en Mendoza; Nicolás Iñigo Carrera analizó la huelga general y la movilización masiva de 1936; y Jessica Blanco ahondó en la historia obrera de Córdoba.
El libro se presentará este lunes en la 50° Feria Internacional del Libro de la Ciudad de Buenos Aires: la cita será a las 14.30 en la sala Ernesto Sábato, Pabellón Azul del predio La Rural. Tras este lanzamiento, el título se podrá encontrar en diferentes librerías del país.
En diálogo con Conclusión, Álvarez detalló: “El libro surgió a partir de un dossier en una revista académica. Pensamos que era un momento importante para reivindicar y estudiar el 1º de mayo, y quisimos abrirlo en términos federales ya que ese trabajo no estaba hecho, sólo había estudios sueltos. Van a ser dos tomos, ahora sale el primero, que va hasta la mitad del siglo XX, y el segundo abordará desde 1950 en adelante”.
Y añadió: “El libro contempla seis trabajos que abrevan en Buenos Aires, Rosario, Córdoba, el Noroeste Argentino, Mendoza y la Patagonia. Si bien entre estas regiones hay algunas líneas de continuidad, se observan muchas diferencias. Las realidades, la composición de la clase trabajadora, las dinámicas productivas y demás variables configuran formas particulares de procesar la conflictividad y la construcción de lazos de solidaridad. El 1º de mayo cumple un rol fundamental como articulador de una identidad de clase, pero no es lo mismo lo que va a suceder en el centro del país, que lo que ocurrirá en el norte o en el sur, donde algunos procesos se van a demorar un poco más”.
¿Cómo evolucionó el movimiento obrero del país?
El historiador apuntó que cada región tuvo su particularidad: “En Córdoba, por ejemplo, las mujeres en la década del 30, cuando estalló la Guerra Civil Española, pasaron de estar solamente vinculadas al trabajo en fábricas como conserveras, a tener un rol de primer orden en las manifestaciones callejeras del 1º de mayo. Aquí las mujeres irrumpieron de manera temprana con respecto a otras regiones, o tardía si se lo mira desde Buenos Aires o Rosario”.
Y ahondó: “En el NOA se ven cuestiones de dimensión étnica, son provincias que no tuvieron un proceso inmigratorio intramarino tan marcado como Rosario y Buenos Aires. Esa clase trabajadora era mayoritariamente criolla o mestiza, con población indígena o negra, y la manera de construir identidades y símbolos fue diferente”.
Si bien los rasgos identitarios de la clase obrera argentina no fueron lo mismos, había descontentos laborales que se repetían: “La dinámica propia del NOA, con plantaciones de azúcar, con comunidades mucho más agrarias en los alrededores de las grandes ciudades, configuró una lógica obrera distinta a la de las grandes fábricas, donde la posibilidad de formar sindicatos y ocupar los espacios públicos llegó de manera un poco más temprana. Sin embargo, los reclamos fundamentales del periodo estuvieron en la agenda de todas las regiones. El más importante fue la jornada de ocho horas de trabajo, que fue la gran bandera y una de las que más costó cumplir. En regiones donde primaba el trabajo agrícola o donde la posibilidad de acercarse a dinámicas productivas de tipo fabril era menor, era más frecuente que la jornada supere las ocho horas. Hablamos de diez, doce, catorce y en algunos casos, para las cosechas, de hasta de dieciséis horas”.
Fue recién entre 1940 y 1950, durante la presidencia de Juan Domingo Perón, cuando el país igualó algunas condiciones laborales ante el surgimiento de políticas y leyes que regulaban las condiciones de trabajo. Sin embargo, la homogeneidad nunca llegó a ser total: “No era lo mismo trabajar en una fábrica metalúrgica en Buenos Aires, Rosario o Córdoba que cosechar el vid en las provincias cuyanas, las propias dinámicas de trabajo de por sí hacían difícil establecer criterios comunes. La legislación del trabajo en el caso agrícola llegó en 1944, cuando se promulgó el Estatuto del Peón Rural. Fue un avance tardío si se lo compara con otras conquistas que se habían dado en los años 20 o 30, como la jornada laboral de ocho horas, el descanso dominical o semanal y las coberturas o licencias en accidentes de trabajo”.
De Chicago a Rosario
Álvarez recordó que, para la década de 1870, Argentina tenía contactos con la Internacional Socialista en Europa y las noticias de lo ocurrido en Estados Unidos llegaron al país con cierta rapidez: “Para 1887/1888 lo que había pasado en Chicago ya era conocido por los trabajadores, pero aún no se había dado una organización posterior, que va a llegar en 1889, cuando se armó la Segunda Internacional Socialista. En una reunión en París se decidió que el 1º de mayo del año siguiente se transforme en un día de reclamo y memoria. En Argentina, si bien el movimiento obrero era incipiente y recién se estaba conformando, ya existían sindicatos y diferentes mecanismos organizativos. No obstante, todavía no había podido emerger de manera contundente, pero el 1º de mayo de 1890 va a encontrar conmemoraciones en ciudades como Chivilcoy, Bahía Blanca, Rosario y Buenos Aires”.
“El 1 de mayo de 1890 –explicó el historiador– encontró a Rosario con más de 800 trabajadores movilizados. Si consideramos que la población era cercana a las 50.000 personas, era un número más que considerable. Los manifestantes concentraron en la Plaza López, en Pellegrini y calle Comercio, hoy Laprida, y la idea era, al cabo de dos horas, marchar en dirección a una quinta que estaba pasando el Paso de las Cadenas –que hoy sería la zona del Barquito de Papel, en Puerto Norte, muy cerca de la fábrica Refinería, que en ese entonces era una de las más grandes de Latinoamérica–, en donde diferentes oradores iban a hablar ante los trabajadores en distintos idiomas. Sin embargo, el recorrido se tuvo que modificar porque llovió mucho y no se podía transitar por algunas calles, pero de todos modos constituyó un hito. Fue la primera manifestación pública donde anarquistas, socialistas y trabajadores libres se agruparon para conmemorar a los mártires de Chicago, pero también para levantar la bandera de la jornada laboral de ocho horas”.
La primera marcha por el Día del Trabajador que se celebró en Rosario pasó por la Municipalidad, la Catedral y la Jefatura de Policía, que en 1890 funcionaba donde actualmente está el Correo. “Este es un punto por demás importante como dato fundacional de ese movimiento obrero, porque marcharon por la puerta del poder político, del poder espiritual y del poder de la Policía, y lo hicieron con una manifestación pagana, abiertamente anticatólica y contestataria. Los obreros le indicaron a estos tres poderes que estaban frente un nuevo actor social, la clase trabajadora organizada”, señaló Álvarez.
Si bien el principal reclamo de aquella movilización fue reducir la jornada laboral a ocho horas diarias, los trabajadores también exigían que se les permita formar gremios: “Los primeros sindicatos funcionaron en una suerte de ilegalidad –repasó el becario del Conicet– porque no existía la personería jurídica. Los obreros fundamentalmente van a buscar la jornada de ocho horas, una mejora salarial y la posibilidad de agruparse sin ser perseguidos policialmente”.
Las dictaduras: un intento de desarmar al movimiento obrero
Para Álvarez, el movimiento obrero de Argentina fue uno de “los más grandes y organizados del mundo occidental”. Su conformación estuvo influenciada por el 1º de mayo –fecha que se transformó en un “mojón identitario”– y por las condiciones de trabajo que existían en el país: “Argentina tenía una política de puertas abiertas a la inmigración, pero ese crecimiento tan acelerado no estaba programado y dio lugar a condiciones de vida cada vez más paupérrimas. Esa situación de desamparo generó una enorme solidaridad entre los trabajadores y dio lugar a una organización obrera muy combativa que en los primeros años del siglo XX lideró una cantidad importante de huelgas generales de alcance nacional, mientras que la segunda década estuvo marcada por represiones estatales. Era una clase trabajadora altamente politizada, con un nivel importante de alfabetización”.
Y añadió: “No se puede pensar la historia argentina sin entender a la clase trabajadora como un sujeto social indispensable. No por nada el país sufrió seis golpes de Estado que buscaron desestructurar a esa clase obrera organizada y a sus identidades políticas. La última dictadura militar diezmó al movimiento sindical, buena parte de los detenidos-desaparecidos fueron trabajadores. El proceso de recuperación democrática que vino después de esa enorme violencia llegó con una política neoliberal que también venía a desestructurar al sector”.
“Hoy la clase obrera argentina sigue existiendo, pero el grado de daño que dejaron las política neoliberales y los efectos de la dictadura siguen siendo un peso. Vemos una clase obrera mucho más fragmentada, un debilitamiento en las estructuras sindicales y, sobre todo, nuevas dinámicas de trabajo propias del siglo XXI, como el teletrabajo y la uberización de la economía, que van haciendo más difícil poder entender el contexto y tomar cursos de acción”, completó el historiador.
Y cerró: “Parece increíble que hoy estemos viendo cómo un derecho largamente conquistado como la jornada laboral de ocho horas desaparezca de la jurisprudencia o que se flexibilicen un montón de conquistas laborales que pensábamos que eran definitivas. Conocer lo que supuso la lucha por estos derechos es una herramienta para cambiar esta realidad. La historia es un manual, una referencia de lo que pasó para poder pensar el presente y proyectar el futuro”, cerró Álvarez.




