JUEVES, 04 DE JUN.

Despidos en Cramaco: “Veíamos venir una reducción de personal, pero no pensábamos que nos iban a echar a todos”

La fábrica de alternadores eléctricos está ubicada en Sastre y el pasado martes despidió a 37 trabajadores. Dejará de producir en el país y pasará a importar todos los equipos desde China, mientras que los ahora ex empleados temen que vacíen la planta santafesina. 

 

La fábrica de alternadores eléctricos DBT, también conocida como Cramaco, desvinculó a 37 trabajadores en Sastre, una ciudad ubicada en el centro-oeste santafesino. Los operarios afectados –cuyas antigüedades en la empresa van desde los 42 hasta los 3 años– planean rechazar el telegrama, aunque no tienen mayores esperanzas de ser reincorporados. Ante el temor de un vaciamiento, pondrán especial atención a las máquinas que quedaron en la planta.

Con esta maniobra, DBT eliminó su rama productiva e importará todos los productos desde China, mientras que sólo conservará algunos empleos administrativos para coordinar la llegada de contenedores y la distribución dentro del país. La empresa llegó a fabricar 400 alternadores mensuales, los cuales se hacían íntegramente en la ciudad santafesina.

En diálogo con Conclusión, uno de los trabajadores despedidos, Jorge “Tuna” Herrador, quien fue delegado de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM) por casi dos décadas, detalló cómo se enteraron de las desvinculaciones: “El martes entramos a trabajar a las 6 de la mañana, como siempre. A las 10 nos llaman a una reunión y ahí empezó el revuelo. Pero antes de que lleguemos a ese encuentro, a algunos compañeros sus familias les empezaron a mandar fotos del telegrama de despido que había llegado a sus casas. Los otros, mientras tanto, no sabíamos si también íbamos a ser desvinculados”.

“Cuando llegamos a la reunión –continuó– nos informaron que la empresa había tomado la determinación de no producir más, que se iba a importar todo desde China, y que nos quedábamos sin trabajo. Primero nos comunicaron 35 despidos, pero a las horas nos enteramos que había dos más. Esto representa el 90% del personal de la empresa, pero el 100% del área de producción”.

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De los casi cuarenta despedidos, treinta y cinco viven en Sastre y dos en María Juana, una localidad vecina. El más grande de ellos tiene 63 años y 42 de antigüedad, mientras que los más jóvenes rondan las dos décadas de edad y llevan entre tres y cuatro años en la fábrica. Las desvinculaciones afectaron incluso a los delegados gremiales, algo que Herrador consideró “ilógico” dado que aún hay personal afiliado a la UOM que perdió su representatividad en la empresa.

La firma –en donde predominan los capitales de la compañía española Himoinsa– se comprometió a pagar las indemnizaciones en los próximos “cuatro o cinco” días hábiles. En este sentido, el obrero metalúrgico apuntó: “Nosotros queremos trabajar. Esta es una multinacional, no les hace nada pagarnos la indemnización, aparte comercialmente siguen vendiendo. Un trabajador que quedó en la parte de logística me contó que hoy tiene que cargar dieciocho torres de iluminación que habían venido de China y se van para las mineras de la cordillera”.

La industria nacional, afuera

El trabajador recordó que la última tanda de despidos se produjo a fines de septiembre del año pasado y, si bien desde entonces no hubo más desvinculaciones, la producción fue mermando: “Hacía meses que veníamos limpiando sobre lo limpio y haciendo mantenimiento preventivo. Hace 28 años que estoy en la empresa y, con la experiencia de haber vivido algunas cosas, me veía venir que iba a haber una reducción de personal, pero no pensábamos que nos iban a echar a todos”.

Si bien en el último tiempo entraron algunos productos de China, en Sastre se seguía fabricando dado que algunos clientes preferían la calidad y las garantías que daba la elaboración local. “Acá teníamos servicio y reparación post-venta, podíamos arreglar el equipo si algo se rompía. Ahora, si los productos tienen alguna falla, no los podemos tocar porque la garantía china no lo reconoce y, además, despidieron a la gente que estaba en la parte de reparaciones. En esos casos no sé si los mandarán a Asia para que los arreglen o tendrán que tirarlos a la basura y comprarse uno nuevo”, alertó Herrador.

Los trabajadores admitieron que deberán poner especial atención a que no desmantelen la planta, dado que las máquinas son la única garantía para volver a fabricar en suelo sastrense: “La maquinaria es de última tecnología. Hay una cabina de pintura de 60 metros, que creo que es única en Sudamérica. Vino (la productora de maquinaria agrícola) John Deere hace un tiempo a alquilarla o a querer pintar cosas ahí, y desde España supuestamente bajaron el pulgar, porque la empresa no hacía trabajos para terceros. Eso nos podría haber dado un poco más de respiro”.

Próximo paso: rechazar telegramas

Este miércoles los trabajadores se reunieron con el secretario general y el abogado de la UOM para analizar los pasos a seguir. Como la empresa efectuó despidos masivos sin siquiera solicitar un procedimiento preventivo de crisis y con una facturación estable, la mayoría de los trabajadores rechazará los telegramas de desvinculación.

“Por lo menos así mostramos una inconformidad con el despido. A raíz de lo que conteste la empresa iremos viendo cómo seguimos. Además, el abogado del gremio va a llevar una nota a la sede que la Secretaría de Trabajo de Santa Fe tiene en San Jorge (ciudad ubicada a 15 kilómetros de Sastre)”, explicó Herrador.

En esta línea, detalló que fueron a hablar con la intendenta de Sastre, María del Carmen Amero de Brunazzo, quien les informó que se contactó con autoridades del Ministerio de Trabajo provincial. No obstante, de momento no hubo ningún contacto desde la cartera laboral.

Si bien la Municipalidad permitiría que los despedidos se rebusquen el peso cortando el pasto hasta que se resuelva este asunto, lo cierto es que la oferta laboral en el rubro metalúrgico es limitada en la región.

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“En Sastre está Maar Acrilic, una empresa que hace máquinas gastronómicas y exporta mucho a Uruguay, tiene bastante trabajo pero por ahora está cubierta. Otra opción es San Jorge, que tiene el frigorífico o el molino. Pero movilizarnos 15 kilómetros en los pueblos es un tema, hay pocas combinaciones de colectivos, tenés que comprarte un autito o moto, con todos los riesgos que eso implica”, analizó el ex delegado de la UOM.

Paralelamente, la concejala electa por Unión por la Patria y pediatra de Sastre, Analía Pretto, contó a Conclusión que se comunicó “personalmente” con los integrantes de este frente que se desempeñan como legisladores santafesinos o que son parte del Congreso Nacional, para ponerlos al tanto de la situación.

Golpe económico

Cramaco era la fábrica más grande de Sastre y el cierre de su área productiva tendrá un fuerte impacto en la ciudad. “Acá no hay tanta industria ni demanda de trabajo. De repente, treinta y cinco personas saliendo a la calle a buscar empleo es chocante. Ver a los compañeros irse con el bolsito, llorando, cabizbajos, fue tremendo. Acá nos conocemos todos, compartíamos entre 8 y 9 horas diarias y cuando hacíamos extras estábamos doce o tres horas ahí adentro. ¿Qué vamos a festejar a fin de año?”, dijo Herrador.

Por su parte, Pretto anunció en sus redes sociales que en Sastre, una ciudad con “poco más de 5.500 habitantes”, el despido de 37 personas tendrá “efectos económicos, sociales y comunitarios de gran magnitud”. La pediatra apuntó que las desvinculaciones afectaron a entre el 7% y el 10% de la población económicamente activa de la ciudad, causando un “aumento súbito del desempleo”.

“Somos una población chica, que supo tener fábricas muy importantes, pero de a poco la industria le dio lugar al trabajo de campo, a la actividad agrícola ganadera. Acá la inserción laboral es muy escasa y hay que ver quién les ofrece trabajo a los despedidos, lo que implica un alto resigo de informalidad”, señaló la profesional de la salud a este medio.

E inquirió: “¿Cuánto puede llegar a vivir una persona con una indemnización o un seguro de desempleo? Pasado este momento nos vamos a enfrentar a una problemática bastante dura, y lo peor es que no se vislumbran mejoras, por el contrario. Las familias que no tienen un ingreso va a disminuir su consumo y se les va a complicar mantener el estudio de los chicos –principalmente universitarios– afuera”.

La poca oferta laboral en la ciudad empuja a que varios jóvenes se vayan de Sastre. “Los chicos que tienen posibilidades de irse a estudiar no vuelven, y los que quedan se están yendo a San Jorge o a otros lugares a trabajar, porque acá no tenemos posibilidades”, expresó Pretto.

Por último, alertó que en estos tiempos es necesario tener “bien aceitadas” las redes de contención: “Tenemos que atender a toda esta gente que se va a quedar sin obra social y va a necesitar de la atención hospitalaria”.

Una fábrica, un país

La historia de Cramaco es una buena radiografía del país: la firma comenzó a funcionar en 1947 y, con el correr de los años, se consolidó como un motor productivo para Sastre. Para 1990 tenía 180 empleados, pero cuando Carlos Menem asumió a la presidencia y abrió las importaciones echaron a cien personas. Desde entonces, y hasta el 2003, la fábrica se valía de contratos temporales y tomaba y despedía operarios con regularidad.

En 1999 la firma cambió de dueños y pasó a llamarse DBT S.A., en alusión a Druetta, Bearzotti y Talano, los apellidos de sus nuevos propietarios. Cuatro años más tarde, la compañía se asoció con la multinacional española Himoinsa.

La situación se estabilizó a partir de 2003/2004 y, hasta 2015, hubo un crecimiento sostenido en cuanto a producción y equipamiento: la planta se trasladó desde un inmueble que estaba ubicado frente a la Terminal de Ómnibus a una novedosa instalación montada en el ingreso a la ciudad. Asimismo, los capitales españoles promovieron la llegada de máquinas con avances tecnológicos, como un torno numérico, bobinados automáticos o la cabina de pintura.

Herrador recordó cómo se producía en épocas prósperas: “Llega la materia prima –bobinas de chapa y rollos de cobre–, y procesábamos desde la primera chapita hasta la última para los generadores, rotores y estatores. El bobinado se hacía a mano, artesanalmente, con una producción en cadena. Lo único que no se hacía para los generadores era el motor diésel, que venía de Japón”.

“En Cramaco llegaron a salir entre 300 y 400 alternadores por mes, que se exportaban a España y allá ensamblaban para hacer el generador. Entre 2003 y 2004 llegamos a ser cerca de 140 empleados, pero ese número fue bajando con la incorporación de tecnología. En un principio se producía todo acá, pero cuando nos descuidamos traían la chapa cortada de Taiwán, aunque seguíamos haciendo un montón de cosas”, repasó el trabajador.

La última década presentó mayores turbulencias para los obreros y, si bien hubo contrataciones, los recortes de personal fueron más fuertes: a fines de 2015 despidieron a diecisiete operarios y hubo algunos retiros voluntarios; en septiembre de 2024 se desvinculó a otros diecisiete trabajadores; y el pasado martes echaron a treinta y siete empleados, cerrando así la parte de fabricación de Cramaco.

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