por Javier Firpo

Miedo. Incertidumbre. Desesperación. También obsesión. Hasta lo grafican como “bomba de tiempo”. Se trata de algunas expresiones que denotan la angustia y la preocupación de muchas familias que, en los últimos años, accedieron a préstamos hipotecarios UVA y ahora notan que sus cuotas se han ido a las nubes, debido a una inflación galopante que les generó aumentos del 30% en sólo seis meses y del 47% a lo largo del 2018.

En distintos lugares del país incluso se han autoconvocado familias formando “colectivos regionales” para protestar cada semana contra los bancos y las autoridades, “rogando por alguna solución”. Clarin dialogó con algunas de estas familias que, a poco de cumplir el sueño de dejar de alquilar, hoy temen perder su vivienda por no poder seguir pagándola.

Ingeniero de Sistemas, Diego Spinedi (45), que vive en La Plata, le cuenta su caso a Clarín y rememora lo que empezó siendo la bendición de la casa propia, pero dice que hoy atraviesa, junto a su mujer Eugenia, una verdadera pesadilla.

“En octubre de 2016 pedimos un préstamo UVA al Banco de la Provincia de Buenos Aires, que nos dio $ 1.215.000 (el dólar estaba a $ 15) para comprar el 70% de la casa. El resto lo conseguimos con ayuda de familiares y amigos”. Dos años después, cuenta que no sólo no redujeron la deuda, sino que la hipoteca saltó a $ 2.100.000. “Nuestra primera cuota fue de $ 11.000 y en diciembre último pagamos $ 18.000, lo que representa más del 50 % de aumento”, expresa desconsolado Spinedi.

Aclara este profesional que él, junto a su esposa monotributista, quiere pagar su casa como corresponde, “pero nos urge tener un mínimo de seguridad. No puede ser que no sepamos cuánto será el próximo mes“. Reconoce Spinedi que no hay noche que no aparezca el “tema hipotecario” que intercambia con Eugenia “en armonía aunque con mucha preocupación, y por momentos es una obsesión. Sobre todo escuchando las noticias, que habla de aumentos en todos lados y de un dólar a $ 50 para marzo… ¿Cómo vamos a hacer para pagar la cuota?”.

A la hora de otear el horizonte, Spinedi intenta ser optimista, pero la realidad económica tiñe el cielo de oscuro. “Se nos cruza que podamos perder la casa, qué sé yo… Estamos empezando un año eleccionario y si bien esto no pasa por colores políticos, la solución tiene que venir de la política, de lo contrario será muy difícil“. ¿Qué dice el Banco? “Nada, sólo acepta extender el plazo del crédito, pero es una engañapichanga”, interpreta.

Cada vez que piensa en el crédito le vienen ganas de llorar a Spinedi, un sentimiento que se repite a menudo. Especialmente cuando se suceden los “no” para sus dos hijos. “A mi hijo de 16 le tuve que decir que no sé si podré pagarle el viaje de egresados. A mi hija de 11 no la puedo mandar a la colonia. Y eso que somos de clase media, pero nos están destruyendo. Yo aposté a mejorar la calidad de vida y resulta que me está yendo peor”, mastica bronca este hombre que hace unos meses volvió a rechazar irse a trabajar a España. “Quiero a la Argentina, mi vida está aquí, pero te empujan a que te vayas”.

Débora Villalba (28) estudia Ciencias de la Comunicación y vive con su marido Pablo Friso en Beriso, casa que compraron en diciembre de 2017 con un préstamo UVA-Procrear que les dio el Banco Francés por un monto de $ 930.000 que en la actualidad trepó a $ 1.300.000, más del 40% de aumento. “Arrancamos con cuotas de $ 7.000 y la última que pagamos llegó a $ 9.600. Yo no trabajo y Pablo es empleado y no tuvo ese porcentaje de aumento”, clama Débora.

El temor tomó de rehén a esta pareja que tiene dos hijos. La principal incertidumbre es cómo refinanciar la deuda, porque no vislumbramos una solución y tememos que con todos los aumentos, la cuota hipotecaria siga creciendo. ¿El mayor miedo? Perder la casa, que el banco te la remate“.

Habla de agotamiento, de saturación y de una llamativa obsesión. “Es que a veces es el único tema y no hay derecho. Temblamos cada vez que se acerca el día 5 de cada mes, que es cuando nos debitan el préstamo. Y entramos todos los días a la página del banco para ver a cuánto se fue la cuota. Es injusto vivir así“.

Cuando pensaron en el préstamos, Débora y Pablo nunca imaginaron tamaño escenario. “Es más, desde el banco nos decían a fines de 2017 que era un momento propicio para embarcarse en el crédito, y que imaginan, como peor escenario, una inflación de 20 puntos para 2018. De haber sabido que esto podría suceder, nunca nos habríamos metido. De hecho, hoy nadie pregunta por préstamos hipotecarios”, afirman.

Qué hacer ahora es la gran disyuntiva para esta pareja. Dicen que pensaron en vender la hipoteca, “pero nos dijeron que no se puede hasta que esté saldada la deuda, tampoco podemos alquilar una pieza si quisiéramos. ¿Arrepentimiento? Es contradictorio el asunto, porque se trata de un techo que quedará para nuestros hijos, pero atravesando este lío, pensás ¿para qué me metí en esto?“.

El caso de la pareja de Verónica (40) y Diego (38) es representativo, porque la inflación le disparó su préstamo casi al doble. En noviembre de 2016 pidieron $ 1.040.000 y la deuda a la fecha asciende a $ 1.900.000. “Empezamos con una cuota de $ 8.600 y en diciembre pagamos $ 15.500”, dice Verónica, quien prefiere no dar su apellido ni tampoco figurar en la foto.

Empleado estatal y odontóloga, Verónica recuerda las palabras de quien los persuadió en el banco para aceptar el préstamo: “Es el mejor al que pueden acceder. Nosotros ya veníamos de un préstamo en 2008, a tasa variable, que saldamos en cuatro años, por lo que teníamos experiencia, no teníamos dudas”, recuerda Verónica, madre de tres hijos.

“Pero esto es una bomba de tiempo”, grafica la odontóloga. Y reclama: “Necesitamos una solución, no podemos vivir angustiados, debería haber un marco regulatorio que proponga que la cuota no supere el 20 % o 25 % del sueldo. Nosotros estamos pagando a mediados de mes, con morosidad, porque antes nos resulta imposible”.

Pensando en cómo viene el año, Verónica juega a ser piensalindista y suponer que lo peor ya pasó, “quiero pensar así, porque si no me vuelvo loca”. Cuenta que extendió su franja laboral para intentar amortiguar el impacto de la deuda, pero “uno sabe cuánto va a cobrar, no habrá grandes mejoras; en cambio, la inflación, es impredecible”.

Como en las otras familias, las restricciones y los ajustes están a la orden del día. “Eliminamos todo tipo de esparcimiento para nosotros y los chicos, y bajamos los gastos una enormidad. Por suerte tenemos gente que nos da una mano, pero la sensación de intemperie y de soledad nos asusta“.

Fuente: www.clarin.com