DOMINGO, 19 DE JUL.

Las tres revoluciones del Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI

Federico González, analiza los desafios que enfrenta Argentina de cara al futuro, y quirúrgicamente, señala que la discusión argentina actual "parece ignorar esa lección. Se celebra el ajuste como si fuese una estrategia de desarrollo, cuando en realidad puede convertirse en una estrategia de contracción nacional. Porque destruir fábricas no crea industria, debilitar universidades no crea conocimiento y asfixiar pymes no genera inversión".

Por Federico González

Hay épocas en la historia de los países en las que la discusión pública gira alrededor de detalles administrativos. Y hay otras —mucho más decisivas— en las que lo que está en juego es algo más profundo: la dirección misma del desarrollo. Argentina parece atravesar uno de esos momentos. Mientras gran parte del mundo reorganiza sus economías alrededor del conocimiento, la innovación y la industria avanzada, aquí asistimos a un paisaje inquietante: fábricas que bajan persianas, pymes que se asfixian, científicos que emigran, universidades públicas sometidas a un clima de hostilidad política y un consumo que se deteriora mes a mes, como un termómetro silencioso del empobrecimiento social. Lo que se presenta como un experimento económico audaz corre el riesgo de convertirse, con el tiempo, en algo mucho más prosaico: un proceso de desarticulación productiva.

El economista Karl Polanyi, en su obra La Gran Transformación, nos dejó una advertencia que hoy resuena con fuerza: los mercados no flotan en el aire. Están incrustados en instituciones, en culturas productivas, en sistemas educativos y científicos. Cuando esos soportes se debilitan, el mercado no florece; se vuelve frágil. Dicho de otro modo: no existe capitalismo dinámico sin una base de conocimiento, producción y organización social que lo sostenga.

La discusión argentina actual parece ignorar esa lección. Se celebra el ajuste como si fuese una estrategia de desarrollo, cuando en realidad puede convertirse en una estrategia de contracción nacional. Porque destruir fábricas no crea industria, debilitar universidades no crea conocimiento y asfixiar pymes no genera inversión.

El Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI propone mirar el problema desde otra perspectiva: una visión sistémica del desarrollo basada en tres transformaciones simultáneas que se refuerzan entre sí. Tres motores que, cuando giran coordinadamente, pueden cambiar el destino económico de un país. Esas transformaciones son la Revolución Educativa 5.0, la Revolución Industrial Inteligente y la Revolución Científico-Tecnológica Soberana.

La primera de ellas es la Revolución Educativa 5.0. Durante décadas el debate educativo argentino se redujo a discusiones presupuestarias o ideológicas, mientras el mundo avanzaba hacia modelos pedagógicos profundamente distintos. Países como Finlandia reorganizaron su sistema educativo alrededor del aprendizaje basado en proyectos reales. Estonia, tras independizarse de la Unión Soviética, decidió digitalizar integralmente su educación y formar generaciones enteras en pensamiento computacional. Singapur convirtió sus escuelas en verdaderos laboratorios de innovación.

El pedagogo Jerome Bruner sostenía que el aprendizaje auténtico ocurre cuando el estudiante participa activamente en la construcción del conocimiento. Si se observa la dinámica actual de muchas aulas, la sensación es que seguimos enseñando como si el mundo no hubiera cambiado. Pero el siglo XXI exige algo más que transmisión de contenidos: exige formar creadores de soluciones.

En ese punto aparece una dimensión muchas veces mal entendida en el debate público: el emprendedorismo. En el Desarrollismo Inteligente no es un slogan ni una moda del management. Es el reconocimiento de que el emprendedor es uno de los actores socioeconómicos centrales del siglo XXI. Gran parte de las innovaciones que transforman la economía mundial nacen de pequeños equipos que convierten una idea en una empresa.

Conviene, sin embargo, hacer una distinción importante. El emprendedorismo no debe confundirse con el cuentapropismo. El cuentapropista busca organizar su subsistencia económica. El emprendedor, en cambio, crea algo que trasciende su propio trabajo: desarrolla productos, genera empleo, abre mercados, produce innovación. El primero se autogestiona; el segundo multiplica valor en la sociedad.

Por eso el desafío educativo contemporáneo no consiste solo en preparar empleados para un mercado laboral incierto, sino en formar creadores de proyectos, fundadores de empresas, arquitectos de oportunidades. El Desarrollismo Inteligente propone un objetivo ambicioso, pero profundamente realista: comenzar a formar desde la escuela un verdadero ejército de emprendedores.

Los empresarios no se importan como si fueran mercancías. No llegan en contenedores. Se forman dentro de una cultura educativa, dentro de un ecosistema institucional, dentro de una sociedad que valora la iniciativa y la creación. Un país que no forma a sus propios empresarios termina dependiendo de los empresarios de otros países.

El ilustre René Favaloro, quien supo combinar excelencia científica con compromiso social, sostenía que el progreso de una nación se mide por la dignidad y la creatividad de su gente. Tal vez lo mismo pueda decirse del desarrollo económico: los países prosperan cuando logran despertar en sus ciudadanos la convicción de que crear vale la pena.

La segunda transformación es la Revolución Industrial Inteligente. En el debate argentino reciente se instaló la idea de que la industria es un residuo del pasado. Sin embargo, basta observar a las economías más dinámicas para comprobar lo contrario. Alemania impulsa su estrategia Industrie 4.0, integrando robótica, inteligencia artificial y manufactura avanzada. China lanzó su programa Made in China 2025 para dominar industrias tecnológicas estratégicas. Brasil, a través de sus políticas de desarrollo productivo, ha sostenido históricamente la construcción de cadenas industriales propias.

El economista del desarrollo Albert Hirschman explicó que la industria tiene una capacidad singular para generar encadenamientos productivos. Cuando una fábrica crece, arrastra consigo a proveedores, servicios, logística, innovación. Cuando una fábrica cierra, no desaparece solo una empresa: se rompe una red compleja de capacidades económicas.

Eso es lo que empieza a observarse hoy en Argentina. Cada pyme que desaparece es una pequeña amputación del sistema productivo. La Revolución Industrial Inteligente propone revertir ese proceso mediante financiamiento productivo accesible, incentivos a la innovación industrial, clusters regionales de tecnología y una integración profunda entre universidades, centros científicos y empresas.

La tercera transformación es la Revolución Científico-Tecnológica Soberana. En el siglo XXI el conocimiento se ha convertido en una de las principales fuentes de poder económico. Israel invierte cerca del cinco por ciento de su producto interno bruto en investigación y desarrollo. Corea del Sur y Alemania sostienen niveles de inversión similares. Irlanda transformó su economía apostando estratégicamente a la ciencia, la tecnología y la educación superior.

Argentina posee uno de los sistemas científicos más respetados de América Latina. Sin embargo, ese capital convive con una fragilidad institucional persistente. Cada científico que emigra representa años de inversión educativa que otro país termina aprovechando. El sociólogo español Manuel Castells describió la economía contemporánea como una red global de conocimiento. Quien queda fuera de esa red no solo pierde competitividad: pierde autonomía estratégica.

La Revolución Científico-Tecnológica Soberana propone fortalecer la inversión en investigación, desarrollar parques tecnológicos regionales, impulsar startups científicas y promover una transferencia más fluida entre universidades y sector productivo. El conocimiento deja de ser entonces un patrimonio encerrado en papers académicos para convertirse en innovación productiva tangible.

Las tres revoluciones —educativa, industrial y científico-tecnológica— forman un sistema integrado. La educación genera talento y vocaciones. La ciencia transforma ese talento en conocimiento. La industria convierte ese conocimiento en riqueza, empleo y bienestar social.

Cuando estos tres vectores se alinean, el desarrollo deja de ser una promesa abstracta y se convierte en una realidad concreta.

El presidente John F. Kennedy advertía que el futuro no es un regalo que llega solo: es una conquista que requiere imaginación, coraje y trabajo colectivo. Quizás esa frase capture con precisión el desafío argentino de nuestro tiempo. Porque el país posee talento, universidades, científicos, empresarios y jóvenes con una enorme energía creativa.

Lo que falta no es capacidad. Lo que falta es un proyecto que ordene esas energías dispersas.

Las tres revoluciones del Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI no prometen milagros instantáneos. Lo que proponen es algo más serio y más difícil: reconstruir el sistema productivo argentino sobre una base de conocimiento, innovación y espíritu emprendedor.

Porque, en última instancia, el desarrollo de un país siempre comienza en el mismo lugar: en la imaginación y en el coraje de su gente.

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