VIERNES, 26 DE JUN.

¿Puede Estados Unidos quedarse sin el combustible que mueve su economía?

Mientras la atención mundial se concentra en los bombardeos sobre Irán, especialistas en energía advierten un posible colapso en la producción de diésel y combustible para aviación. El economista Michael Hudson dice que una escalada militar podría derivar en una depresión global similar a la de 1930.

 

Durante décadas, las guerras en Medio Oriente fueron analizadas casi exclusivamente desde la óptica militar o geopolítica. Sin embargo, la actual tensión entre Estados Unidos e Irán comienza a revelar un factor mucho más delicado: la fragilidad del sistema energético sobre el que funciona la economía norteamericana.

Según un análisis elaborado por un especialista con décadas de experiencia en la industria petrolera del Golfo Pérsico, el verdadero problema no radica únicamente en la disponibilidad de petróleo, sino en la limitada capacidad para producir destilados medios, particularmente diésel y combustible para aviación.

Estados Unidos mantiene inventarios de gasoil destilado que, sobre el papel, equivalen a unas cuatro semanas de consumo. Sin embargo, descontando las existencias inmovilizadas en refinerías, oleoductos, terminales y reservas operativas, el margen efectivo de abastecimiento podría reducirse a apenas dos semanas.

Allí aparece el principal cuello de botella.

El diésel mueve prácticamente toda la logística pesada del país: camiones, ferrocarriles, maquinaria agrícola, construcción y buena parte de la distribución de alimentos. A diferencia de la nafta, cuya demanda puede reducirse cuando aumentan los precios, el consumo de diésel resulta extremadamente rígido. Si escasea, la actividad económica comienza a resentirse casi de inmediato.

Al mismo tiempo, una eventual intensificación del conflicto en Medio Oriente incrementaría significativamente la demanda militar de combustible JP-8 para aeronaves, un producto que se obtiene precisamente de la misma fracción del petróleo que produce el diésel.

Las refinerías, por razones físicas y químicas, no pueden incrementar simultáneamente ambas producciones de manera ilimitada. La disponibilidad de hidrógeno, la capacidad de procesamiento y la composición del crudo imponen restricciones técnicas que no pueden resolverse en pocos días.

En este escenario, la guerra dejaría de ser únicamente una cuestión militar para transformarse en un problema industrial.

Al respecto, el economista estadounidense Michael Hudson lleva esa hipótesis un paso más allá. Según su interpretación, incluso si las hostilidades cesaran rápidamente, la interrupción del flujo normal de petróleo y el fuerte incremento de los precios internacionales bastarían para desencadenar una profunda contracción económica.

Hudson sostiene que numerosas industrias dejarían de ser rentables debido al aumento de los costos energéticos, provocando cierres de plantas, despidos masivos e incumplimientos financieros.

El resultado, advierte, podría asemejarse a una depresión de escala comparable a la de la década de 1930.

La hipótesis todavía depende de una condición decisiva: que el conflicto escale hasta afectar de manera significativa el suministro energético del Golfo Pérsico o la capacidad de refinación de los grandes consumidores.

Si ello no ocurre, el sistema probablemente absorberá el impacto mediante mayores importaciones, utilización de reservas estratégicas y reconfiguración de la oferta mundial.

Pero si el cuello de botella de los destilados se profundizara, la cuestión dejaría de ser exclusivamente estadounidense. El encarecimiento del petróleo, las dificultades logísticas, la presión inflacionaria y la desaceleración industrial podrían extenderse rápidamente a Europa, Asia y América Latina, abriendo la puerta a una nueva crisis económica internacional cuyo alcance sería difícil de prever.

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